La Soledad, enmarcada por el reloj de San Lorenzo en la entrada / J. J. COMAS
La Soledad, enmarcada por el reloj de San Lorenzo en la entrada / J. J. COMAS
EN CUARENTENA

Un rompecabezas místico

«Una túnica blanca de amarguras para los locos del Hospital de los Inocentes. Pequeñas esmeraldas que tiemblan por un torero muerto en un pecho afligido»
Por  0:10 h.

Si todo se deshiciera en un rompecabezas, en un puzle de imágenes, ¿qué recuerdos guardaríamos de la Semana Santa? ¿Trozos deshilvanados? ¿Estampas incoherentes? Las manos de La Amargura, esas mismas que se quemaron cuando procesionaba a finales del XIX. Los espejitos del Valle donde se reflejan nuestros rostros y el paso del tiempo. El incienso del Silencio que huele a pergaminos antiguos. El sonido de la madera que cruje en el misterio de la Quinta Angustia.

¿Qué nos quedaría si todo desapareciera? ¿Un relicario de recuerdos? El Cirineo perfectamente barroco de San Isidoro. El aroma a hogazas recién hechas y a olivos de los Panaderos. La blancura mística de la toga monjil de la Virgen de las Aguas del Museo. El Pilatos de San Benito hablando al pueblo por encima del tiempo. El sonido dieciochesco de nácar de los ángeles del palio de la Virgen de la Palma del Buen Fin. El pequeño avión que lleva en sus manos la Virgen de Loreto de San Isidoro como aquellos minúsculos exvotos de barcos que colgaban los supervivientes de un naufragio.

Un lienzo cubista con pinceladas como metáforas que sólo comprenderíamos nosotros. El pelícano del Cristo del Amor. El sudor del caballo de La Exaltación saliendo de Santa Catalina. El morado de una tarde de toros -lirismo y sangre cuajada de muerte- de la Virgen de la Caridad del Baratillo. Una túnica blanca de amarguras para los locos del Hospital de los Inocentes. Pequeñas esmeraldas que tiemblan por un torero muerto en un pecho afligido. Una puntada de hilos bordados en el curioso manto de la Virgen del Cerro que refleja todo el sol del barrio.

El entrecejo amargo de la Virgen de Montes de Oca de Los Servitas. El sonido del muñidor de la Mortaja donde se quiebra la muerte. Los rosarios de la Virgen de Montesión que tintinean con el paseo de una dama del XVII. La geometría gótica e imposible en San Esteban. La piel de cera vieja, frío y silencio del Calvario. El romano asustado por la tormenta del final de los tiempos del Cerro. El aire dentro de la túnica del Gran Poder donde se esconde no sé qué secreto proyectado en las fachadas de cal blanca. El pergamino de la Sentencia en el que está escrito todo. Y la llave que cierra todas las puertas en San Lorenzo. ¿Quién podría reconstruir esa memoria?

Eva Díaz Pérez

Eva Díaz Pérez

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