La Soledad de San Lorenzo se marcha por la calle Sierpes / JAVIER COMAS
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Calle Melancolía

«Todo eso lo perdemos la noche que Francos se convierte en la calle Melancolía. Esa noche que, como cantaba Sabina, no hallo más que puertas que niegan lo que esconden»
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Es la última imagen que tengo de la Semana Santa. Estoy en algún lugar de Francos. Viéndola marchar, en silencio, sin techo de plata y oro, sin varales de acantos repujados en metal fino, con el sudario blanco anunciando la paz en una cruz, derechita hacia San Lorenzo. En su infinita Soledad. La noche se ha volcado sobre los tejados y los balcones. Las colgaduras que resplandecían el Domingo de Ramos parecen ahora tan tristes como la calle Melancolía de Sabina. Buscando acaso, como cantaba el adorable golfo de Jaén, un encuentro que me ilumine el día. Pero ya no hay luces de candelerías por las calles, se ha cerrado el bar del júbilo, las puertas de los templos condenan a la penumbra la luz que nos guía, el cielo ha caído sobre nuestras cabezas y la cera en los zapatos son el recuerdo intratable de nuestra fiesta de año nuevo. Sigue su manto negro de la noche final ocupando la angostura de la calle Francos. Camino de su casa, a la vera de donde su hijo tiene fijada residencia en Sevilla. Las latas no se atreven a hacer ruido.

Las máquinas de café de los bares están secas. Y la adolescencia de la semana vive las horas finales de un día en el tanatorio. Los místicos del fondo de la taberna han pagado la lápida de sus lingotazos metafísicos. El compadre que acompaña al nazareno también es ya un verso arrugado en una página de su libro sobre la amistad. Y hasta los ombligos de las niñas han cerrado su ojo oriental en señal de duelo. No hiela. Pero hace frío, destemplanza. Como si se tuviera el cuerpo cortado…

No hay grageas en las farmacias para ese catarro del alma. Hemos regresado de un paraíso donde el tiempo no existe. Donde los relojes no se mueven y solo marcan los días. Como en el capítulo de la gran fiesta del té de Alicia en el País de las Maravillas. El tiempo se ha estancado. Se ha dejado atrapar por dos paréntesis mágicos en cuyo interior los números, las cuentas responden a otra lógica matemática. Y durante siete días con sus noches y tardes hemos vivido en una dimensión que se ha bajado del mundo, extraterrenal. No existía otra cosa excepto lo que veías y vivías. De un palio a otro. De una marcha a otra. De una cruz de madera a otra de carey.

De una saeta a un beso puro en una esquina oscura. Como si la prima vera nos destilara un zumo lisérgico de azahar e incienso que alterara la percepción de la realidad. En Atenas, para prepararte en el cerrado secreto de los misterios eleusinos, se bebía un compuesto que disparaba la capacidad de los sentidos. Aquí basta con compartir el cáliz de la amistad y el de la sangre del Cachorro, Ecce Homo con el que la ciudad empatiza por ser un rey sin corona, un héroe traicionado y un ajusticiado sin defensa. Debería
amenazar la enajenación general un cinturón explosivo incontrolado con botón agareno. Pero nadie preguntará por otra cosa que no sea a qué hora va el Dulce Nombre por el Arco del Postigo…

Todo eso lo perdemos la noche que Francos se convierte en la calle Melancolía. Esa noche que, como cantaba Sabina, no hallo más que puertas que niegan lo que esconden. Las puertas de la otra dimensión. De esa a la que accedemos siete días al año. Es tan brutal el final que solo a las doce de la noche nos rescata, nuevamente, el sonido de la gloria. Las campanas de la Giralda repican anunciándonos que la muerte no es el final. Y que más allá del túnel hay una luz tan alegre como un Domingo de Ramos…

Félix Machuca

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