Penitente de los Estudiantes por la Lonja del Rectorado de la Universidad / VANESSA GÓMEZ
ASUNTOS INTERNOS

Haciendo hermandad

«Más allá de articular una fiesta primaveral y cohesionar identidades locales de una ciudad que siempre necesita sentirse al lado de algo, nuestras hermandades auxilian a los que se comió la crisis»
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Entre las bocas de chancla más ligeras y febles que se dedican, con rigurosidad panfletaria, a despotricar sobre las hermandades sevillanas, la más habladora es la que hace suyo el discurso de su inutilidad, de su carencia de sentido en pleno siglo XXI. Lo hacen, desde luego, como tantas cosas se hacen en nuestra vida, sin más argumentos que los que da el despecho y los que inspira una aversión incalificable. No solo me refiero a los que critican la razón de ser de las hermandades desde supuestos políticos, más o menos extremados, justificando así una línea ideológica tan rupestre como antediluviana. Me refiero también a personas al margen de los diferentes relatos ideológicos radicales que, por puro postureo, para vestir el muñeco de su egolatría, arremeten contras las hermandades y sus circunstancias. Así pues, sintetizando, nos encontramos con que las hermandades locales tienen un frente abierto desde donde les atacan los revolucionarios de salón y los eruditos a la violeta. Como verán, la propia terminología los ubica lejos de la realidad que vivimos, más cerca de los libros de viejos que de los libros de reglas.

El pasado mes, repasando las redes, me encontraba con un tuit de un señor de unos ochenta y tantos años, viudo desde hacía seis, tras más de sesenta de matrimonio, que se había salvado de la durísima condena a la soledad que le regaló su destino, en el seno de su hermandad. Allí encontró lo que en su hogar ya era imposible encontrar. Una casa puede estar llena de vida un día para que, el siguiente, se te caiga encima por haberse llenado de fantasmas del pasado, faltando uno de sus habituales a la mesa, con el sillón vacío que delata su ausencia fatal y un ropero sin sentido donde la ropa no te quita el frío de su recuerdo.  La soledad es un grito desgarrado pero silente, que vive al lado de tu puerta, que ves diariamente en los informativos del descansillo de tu escalera, donde ella o él, con el peso abrumador de los años y desengaños, descansa un momento, con una sonrisa en sus labios y un resplandor de derrota en su mirada, para poder subir hasta ese piso donde vive solo. Muy solo.

El señor de ochenta y tantos años que, en las actividades de su hermandad, había encontrado lo que la vida le quitó de su lado, es el mejor ejemplo para tapar bocas cuando algunos de esos eruditos a la violeta o revolucionarios de salón, despotrican del sentido de las hermandades. Más allá de articular una fiesta primaveral y cohesionar identidades locales de una ciudad que siempre necesita sentirse al lado de algo, nuestras hermandades auxilian a los que se comió la crisis, a los que pueden y deben seguir sus estudios con becas y ayudas, a los que por su edad difícilmente encontrarán trabajo en un mercado laboral que cada vez pide más una alta cualificación. Además de todo esto y tan importante como lo dicho, nuestras hermandades son el hogar de muchos hermanos y hermanas que se quedaron solos. Con sus corazones rotos. Con un sillón vacío. Y con un ropero con las chaquetas y los pantalones colgados que, al verlos, te transporta a aquel domingo soleado donde le dijiste lo bien que le sentaba la chaqueta. La soledad. Ese puyazo que le sucede a la pérdida de tu ser más querido, a la persona con la que has compartido tu vida, quizás a ciertas edades a la única razón para seguir tirando de un carro atiborrado de píldoras, achaques y escasos motivos para reír. En una hermandad, un señor octogenario, con tanto peso en lo alto, ha encontrado la compañía necesaria para seguir siendo un ser humano que vuelve a disfrutar de las cosas más importantes que tiene la vida: la compañía y el cariño. Yo no descarto que algo tan grande se pueda conseguir cerrando en blanca una simple partida de dominó…en la hermandad.

Félix Machuca

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