La Virgen de la Encarnación con la iluminación navideña, en su última salida extraordinaria / RECHI
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

María

«Todo aquel tiempo lo meteremos en cajas de cartón o de plástico hasta que el año que viene, como si de una Flor de Pascua se tratara, vuelva a exigirnos con su dulce mensaje de paz y felicidad entre los hombres de buena voluntad, su lugar de siempre en nuestros hogares»
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En días o en horas el río volverá a ser un trozo de papel albal, y el musgo un recuerdo de secano de una alborozada búsqueda del mes de diciembre que te sirvió para encender, en tu hijo más pequeño, la luz de nuestra alianza con Belén. El barro venerado y admirado durante estas pasadas jornadas volveremos a envolverlo con cuidado y sumo tacto, sin que ninguna de ellas se accidente y haya que pasarlas por traumatología para pegarle un brazo al pescador o una pata al borrego con superglú. Y el tendido eléctrico minimalista que dio luz y color a nuestra recreación de aquellos días lejanos de Belén se apagará por efecto de la desconexión del ciclo robándonos ese instante lleno de gozo indescifrable en el que, de madrugada, el salón parpadeaba con la intermitencia de sus bombillitas, convirtiendo la madrugada en una mágica secuencia rebosante de expectación.

Todo aquel tiempo lo meteremos en cajas de cartón o de plástico hasta que el año que viene, como si de una Flor de Pascua se tratara, vuelva a exigirnos con su dulce mensaje de paz y felicidad entre los hombres de buena voluntad, su lugar de siempre en nuestros hogares. El lugar privilegiado que le concedemos a lo innegociable: el de las profundas raíces de nuestras creencias.
Es verdad que la vida está repleta de cuentos. Que la cuna del hombre la mecen con cuentos. Que el agotamiento existencial te lo prescriben con cuentos. Pero hay cuentos tan reales que te los encuentras por la calle, te cruzas con ellos y hasta te hablan y te imploran. Esos cuentos vienen cargados de súplicas y llaman directamente a nuestros corazones. Es como si el barro del Belén lo animara la vida, se llenara de existencia, hiciera real su metafórica razón de ser. He visto durante estos benditos días las representaciones napolitanas de María, rebosantes de majestad. Las iconografías barrocas y andaluzas de la madre de Dios, algunas tan hermosas como la tierra con la que fueron hechas. He visto  las adustas y severas representaciones castellanas, quizás incubando en su gravedad el destino de las madres que pierden a sus hijos. He llenado de colores mi tristeza con belenes criollos y villancicos caribeños, donde María es casi siempre una virgen mestiza de ojos almendrados. Pero María nos esperaba lejos de esas imprescindibles representaciones.

Lejos es la realidad. A la que miramos con los gemelos al revés. Como para que no nos roce ni nos alcance. Sin embargo, María estaba a nuestro lado. Suplicándonos algo de lo que nos sobrara. Pidiéndonos un poco de lo que la abundancia nos dio. He visto a María, más ajada y fatigada que en nuestro imaginario artístico, ahí afuera, en la puerta de un supermercado, al reflujo de la intemperie del otoño canoso y viejo y del gasto superfluo y atolondrado de estos días. Estaba envuelta en las ropas oscuras de la pobreza, quizás tan perdida y confusa como la María a la que aquel ingrato posadero del Gloria de José Mercé, le negara su cobijo si jurdó no tenía. Su acento era lejano, de tierras de escombros y sin mapa, quizás porque ni nación le correspondiera. Y pedía a los que entrábamos a por el pavo y el gambón, la jamonada y el cordero, el cochinillo y la yuca, algo para sus nietos. ¿Qué quieren sus nietos, abuela?, se le preguntó. Un poco de chocolate, un poco de chocolate…

Tan solo eso. Un poco de chocolate para sus nietos. He llevado conmigo su voz y su deseo durante todo este mes. Y cuando Encarnación salió por Sevilla en una nublada noche de diciembre, sin la memoria del azahar y la música plateada de sus varales sonando a campanilleros, le pedí por todas las Marías del mundo que necesitaran una dulce y simple ayuda para sus nietos o hijos. Sé que hemos guardado las figuras de nuestros belenes, que los Reyes están envueltos en plásticos protectores. Pero por la Calzá huele a cacao y caña dulce mientras los beduinos cantan por la Mathieu que hacia Belén va una burra cargada de chocolate…

Félix Machuca

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