La gente se agolpa a la espera de la salida de una hermandad

Rancia vanidad

Enrique IV se hizo católico para ser rey. La consejera de Igualdad saldría de nazarena para no dejar de serlo
Por  0:05 h.

Con el sillón del despacho por calentar y memorizando los nombres de sus colaboradores, la flamante consejera de Igualdad acaba de inaugurarse como polemista con carácter retroactivo. Ya saben a lo que me refiero. La señora Rocío Ruiz, de anaranjada lealtad ideológica, escribió cinco años atrás un artículo sobre el fenómeno cofradiero. Demostrando no ser muy fan del mismo. Yo en eso ni quito ni pongo rey. Está en su perfecto derecho de opinar sobre cofradías, sobre cofrades, sobre penitentes y, si ustedes me lo permiten, hasta de religión. Nadie puede ser lapidado con los cantos de la opinión por expresar sus ideas religiosas, so pena de acercarnos a los imanes más intransigentes de las mezquitas y a los burkas más largos de Afganistán. Defiendo y defenderé siempre el derecho a opinar de los ciudadanos, aconsejados a ser posible por el respeto, la elegancia y la libertad. A mí lo que escribió hace cinco años la consejera de Igualdad tiene solo el valor de una opinión personal. Muy personal. Y como tal me la tomo y la considero. Otra cosa es que, tras lo expuesto, cinco años después corra el riesgo de situarse en las antípodas de lo que escribió, por puras razones de conveniencia política.

Quiero decir que, como ya ha ocurrido,  ha empezado a recular de lo escrito, como ella mismo ha reconocido en las redes sociales: «no representa ni lo que pienso ni lo que defenderé como consejera de todos los andaluces». Zurrapa. La marcha atrás me fuerza a acordarme de aquel Enrique IV de Francia, hugonote hasta las cachas, que se volvió más católico que el Papa romano para poder sentarse en otro sillón. En el sillón del rey de Francia. Suya fue la frase famosa que aprendimos en los libros: París bien vale una misa. Y la señora Rocío me da el pálpito que también la conoce y la sabe. Un sillón de una consejería o de un reino no lo puede arruinar un artículo escrito hace cinco años bajo la premisa de la libertad de expresión y opinión. Así son las cosas cuando nos desentendemos de lo escrito para no dejar a oscuras el sueño de cualquier político: llegar a un despacho para administrar poder. En esta lógica lo borda la señora consejera que no nos sorprendería que se vistiera de nazarena para no perder la consejería. Más de uno estará ya rebuscando en la memoria de las redes lo que dejó escrito hace cinco o menos años, sobre asuntos con coronas y espinas…

Insisto: su opinión es legítima. Se comparte o no. Pero jamás justifica la lapidación. Lo que me llamó la atención del artículo es que el ser humano ve la paja en ojo ajeno y nunca la viga en el propio. Decir que una cofradía es un desfile de vanidad y rancio populismo me lleva a pensar que la señora Ruiz no tiene ojos para ver lo que es su profesión, lo que es la política. Sinceramente, ¿encuentran ustedes libre de vanidad y rancio populismo el desenvolvimiento en general de la profesión política? ¿Hay derroche de vanidad más impetuosa que esas poses de laboratorio que aconsejan los técnicos de imagen para gustar y gustarse? ¿Hablamos de populismo? En serio. ¿Hablamos de populismo político que, para algunas formaciones, ha servido de incubadora para nacer y crecer? El aspecto tenebroso que la consejera ve en algunos aspectos de las cofradías ¿no crece a diario en las oscuras calles de la política donde se trata, se pacta y se mercadea en nombre de la santa cruz democrática? No le discutiría nunca que las cofradías, en muchos casos, son un entretenimiento de la plebe. Pero a la hora de entretener con vainas y naderías a la plebe nada supera a lo que se cuece en un consejo de ministros o de gobierno autonómico. Ahí sí que se buscan muñecarros para entretener a la plebe. Lo vemos y sufrimos a diario. Así que, cinco años después, la señora Ruiz, consejera de Igualdad, tiene la oportunidad de ver cómo política y cofradías tienen tanto en común. Ya se lo diré si alguna día la veo portando una vara dorada acompañando a una hermandad, dejándose ver en el Rocío o acudiendo a vigilar la igualdad en la romería de la Virgen de la Cabeza…, que la solemos perder cuando vemos la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio.

Félix Machuca

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