El escaparate de la Campana, uno de los sígnos de la Cuaresma / J. M. SERRANO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Un dulce vendaval

«Es la primera palabra. El primer mandato. El primer relámpago de nuestra creación. Fiat lux. Aquí es la primera torrija»
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Trae febrero por las esquinas de Caballerizas y Pureza, por San Lorenzo y la muralla vieja, por el Cerro y el Tiro, por Francos y la Alfalfa, un dulce vendaval premonitorio.

Una borrasca de miel y vino. Un temporal que funde el hielo de la boca del invierno y la convierte en un torrente puro de almíbar. Esa premonición es de alegría por lo que se va y por lo que se anuncia. Cobrándose días en el almanaque sentimental del sevillano con la ansiedad de lo que no acaba de llegar hasta que el cielo se convierte en un
festival de azules y globos. Por esas calles febrero nos anticipa el dulce pregón de la torrija. Y antes de que el azahar explote, las calles se alfombren de cera, suene Amarguras en el teatro y la plata recobre el brillo de su misterio, este mes pega su nariz ante el cristal del escaparte con el que sueña, como el deseo de un niño ante la vitrina de una
pastelería. Todas esas calles, todos esos rincones, todos esos lugares que forman parte de la ruta de tus emociones, lo pregona la torrija, la primera torrija, que viene a ser a la esperada Cuaresma como el primer nazareno al Domingo de Ramos.

Y ahí empieza todo. Ahí nos entusiasmamos, nos queremos, nos ilusionamos, como una buena cuadrilla con un palio a compás de una marcha rumbosa, empezando a tejer en el laberinto de las emociones, nuestro particular renacimiento. Con esa primera torrija se empieza a crear el mundo nuevo de la ciudad.

Es la primera palabra. El primer mandato. El primer relámpago de nuestra creación. Fiat lux. Aquí es la primera torrija. Con esa primera torrija creamos la tierra de la nada y separamos las tinieblas de la monotonía de la luz de la singularidad. Y vemos las cosas como siempre fueron y como deberían seguir siendo para no confundirnos y perdernos. Los espejos ya no nos embrollan. Nos miramos en ellos, repintando nuestras almas felices reflejadas en
el metal brillante de los trombones, ese instante fugaz que se hace eterno por sorprender a la memoria. Para vernos como somos. Comenzamos a crear el mundo, nuestro mundo, que es el que celebramos juntos y en la calle, codo con codo, haciendo grácil la bulla, juvenil el roce, la nuca tarro de perfume envolvente, reconfortante la parada tabernícola. Con esa primera torrija empieza todo.

Todo lo que perdimos el día en que Soledad nos dio su espalda por la calle Francos para que las campanas de la Giralda nos sacaran de la penuria anunciando que el Jefe estaba de vuelta, todo eso lo rescatamos ahora. Con el dulce vendaval de las torrijas. Con los primeros fritos en la cocina. Con esas fuentes intocables hasta que la última no esté zambullida en su almíbar. Antes que la Ceniza está el recordatorio sensual del paladar de nuestra creación. Somos y somos porque creamos el mundo a nuestra imagen y forma. A nuestra manera de entendernos y llevarnos.
Y sobrellevarnos. Todo empieza con un dulce beso en los labios. Y yo, a estas alturas del año, la brisa que pregona febrero me huele por Caballerizas y Pureza, por San Lorenzo y la muralla vieja, por el Cerro y el Tiro, por Francos y la Alfalfa, a torrijas. La forma más dulce con la que arranca nuestro renacimiento.

Félix Machuca

Félix Machuca

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