Luis Álvarez Duarte el día de la rotulación de su calle en San José Obrero / J. J. ÚBEDA
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Álvarez Duarte

El gran imaginero andaluz de nuestra época acaba de morir, pero su obra sigue ahí, en la penumbra cálida de sus capillas
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En el principio fue Trento. Europa se dividió en dos partes antagónicas, algo que se iría repitiendo a lo largo de su compleja y sangrienta historia. A un lado, los luteranos que denunciaban los abusos de la jerarquía y que pretendían refundar en cristianismo a través de la palabra: en las imágenes veían idolatría y superstición. Al otro, los seguidores del Papa que usarían esas imágenes para ilustrar al pueblo iletrado a través de la emoción. Así empezaría un camino que no era nuevo del todo y que desembocaría en el esplendor de la imaginería barroca.

Con el tiempo fue desapareciendo esta rama de la escultura. La cosmovisión barroca que la inspiraba se desvaneció y dejó a la imagenía fuera de la modernidad en la que estuvo durante el siglo XVII. Pero en Andalucía pervivió tanto en los emisores como en los receptores. En los artistas que siguieron con el oficio y en los devotos que encargaban esas obras para sus cofradías. La causa es muy sencilla: el pueblo se identificó con las imágenes y las hizo suyas. No eran objetos que vegetaban en la frialdad de los museos, sino Cristos y Vírgenes que remitían a la familia, a la infancia y la memoria, a la relación directa con Dios.

El gran imaginero andaluz de nuestra época acaba de morir, pero su obra sigue ahí, en la penumbra cálida de sus capillas donde sirven para provocar y dirigir esas oraciones que nacen de la debilidad humana ante la enfermedad o la muerte. Cuando llegue la primavera con su luz estrenada volverán a sentir la caricia del aire, los ojos que se clavan en las miradas que ascienden desde la calle, el calor que desprenden, Porque el hombre ha muerto, pero el imaginero sigue presente en los rastros que la gubia dejó en sus imágenes.

Si Andalucía fuera algo más que una excusa para urdir el entramado autonómico del que vive tanta gente, un imaginero como Luis Álvarez Duarte habría sido reconocido con los más altos honores de las instituciones que nos representan a todos. Sin embargo, nada de eso ha sucedido. Se ha ido en medio de un silencio similar al que provocan sus tallas cuando uno las mira de cerca y siente la unción sagrada que transmiten. Ese silencio de gubia y de taller, de trabajo ligado a una fe que trasciende la materia, será el mejor homenaje para alguien que dio su vida y su talento a esta Andalucía que amplió con sus obras. Buena parte de España así lo sabe, pero da igual. No estaba uncido al carro donde se suben los que mandan en la cultura oficial. Y punto.

Llegará un día en el que le ocurra lo mismo que le pasó a Juan de Mesa durante tres siglos. Los devotos que se enfrenten con sus imágenes no sabrán que él las sacó del laberinto amorfo de la madera. Entonces se cumplirá la máxima de Manuel Machado, y el pueblo será el dueño de sus perfiles tallados en la soledad sonora de su estudio. Entonces solo sabrán el nombre del autor los representados en esa idealización platónica de la belleza: Dios y su Madre, que para Álvarez Duarte se llamará siempre Guadalupe.

Francisco Robles

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