Subida al paso del Calvario / VANESSA GÓMEZ

Cuando todo está en su sitio

Hoy empieza todo, y por eso sentiremos la pérdida de lo soñado a medida que el tiempo vaya consumando lo que el mismo tiempo creó
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Cuando el sol sale a la hora marcada por la Luna de Nisán y los nazarenos despiertan junto a esos armarios que guardan el alma de Sevilla durante el resto del año. Cuando las cofradías de vísperas han regado de cera los alrededores de la ciudad o el corazón de la Corona, cuando la Pasión y la Muerte se han adelantado por Triana -cortejo silencioso, altos nazarenos de ruan, alpargatas de esparto, Crucificado devoto de Navarro Arteaga- para decirnos que esto ya está yéndose de aquí. Cuando todo está en su sitio, Sevilla deja de ser un espacio para convertirse en algo muy machadiano: la ciudad en el tiempo. A partir de ese momento los cartógrafos viven en los relojes y los místicos se refugian en el rincón de las tabernas para descifrar lo que sucede en las agujas que nos hieren antes de matarnos del todo.

Cuando los pernos están apretados como las ansias en los corazones que salen a la calle sin la coraza de la rutina. Peligro. La emoción es tan peligrosa que una esquina puede herir el alma con la cuchilla afilada de la ausencia. Es el riesgo de volver a esa infancia que nunca vuelve, la barroca paradoja que vive y siente el sevillano cuando se dispone a enfrentarse con lo único que de verdad poseemos: nuestra propia vida. Hay que ser un temerario para encerrarse con uno mismo -siete toros, siete- en las calles que dan al poniente del Sábado Santo. In ictu oculi, en un abrir y cerrar de ojos llegará la Soledad, pero hoy es siempre todavía. Hay que vivir el instante, hay que bebérselo como esa cerveza que lleva el nombre de La Cruz del Campo y que aliviará las calores que aparecen en los mapas del tiempo. ¿Lo ven? Los mapas del tiempo… ¿Hay mejor metáfora para situar el repeluco que nos aguarda?

Esos mapas del tiempo los maneja como nadie el meteorólogo que se metió a cronista de la ciudad, o viceversa, y que anoche iba con un candil en la mano buscando el espíritu de Sevilla. En cada rincón hacía la misma pregunta. ¿Estáis puestos…? Y todos le decían que sí. Como si la ciudad recitara en silencio su propio Cántico espiritual. Todo estaba puesto y dispuesto para este eterno retorno a la eternidad, a la claridad con fecha, a la Resurrección que se adelanta al Domingo de Ramos, como ese cronista supo ver y escribir hace treinta años mal contados que mañana descontaremos de nuestro calendario particular: Sevilla es el quinto evangelista que descuadra las esquinas de los pasos donde todo ya está puesto. Hasta las flores que aún no se han colocado, y que esperan el corte de que les otorgue el privilegio de que alguien las coloque en una jarra repujada o la clave en el corcho de un calvario.

Ayer se fue, mañana no ha llegado, hoy se está yendo sin parar un punto… Quevedo es tan terrible como el tiempo que pasa. Como la vida que se apaga mientras encendemos la cera que ya está puesta y dispuesta para que se haga la luz en esta recreación de la Creación. La Semana Santa no es más que eso. Colocarlo todo en su sitio para que la explosión de la luz lo disperse por las calles y las plazas, los adarves y las avenidas. Se consumirá la cera, como anuncia el monumento de la Magdalena: Consumatum est. Allí ya está puesto el Cristo que lleva el nombre del lugar donde lo han colocado: el Calvario. Ajustado al crujido de una caoba que volverá a recorrer la Catedral según Juan Sierra. Allí está el Señor del Descendimiento esperando que lo bajen de la cruz o que lo saquen del templo. Tiempo y espacio en una dualidad que se hace escalofriante al contemplar el misterio que plasma el viaje de Quevedo: «junto pañales y mortaja».

Todo estaba puesto en su sitio menos las dos imágenes que se pusieron de acuerdo para clavarle espinas de gozo a quien fue a buscarlas ayer por la mañana. No había amanecido aún cuando Jesús del Gran Poder era la sombra de Dios bajo el cielo cóncavo de su panteón. ¿Cómo puede definirse eso? Es imposible. En el suelo. Solo y desvalido, ni siquiera tenía la cruz para agarrarse a ella. Imposibles la zancada y la palabra. La luz empezó a colarse como los trinos de los pájaros que quebraban albores y silencios de naranjos y azulejos antiguos en la plaza. Monte Tabor a oscuras y en celada, para que el alma se quedara sosegada.

En el Salvador, con la mañana soleando las azoteas, Jesús de la Pasión revestido de corinto y plata. Esa túnica pide estreno y pide calle, pide luz sacramental de la tarde del Jueves Santo, que no se hizo esa luz para colocarla debajo del celemín. Esa túnica pide péndulos imaginarios cuando se mueva dulcemente para reflejar la dulzura infinita de este Jesús que nos rompe el alma al mismo tiempo que nos va cosiendo las heridas. Y una lección aprendida. Ellos aún no estaban en sus pasos para que se cumpliera la máxima evangélica. Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos.

A partir de hoy la ciudad se apretará en las bullas y en las emociones, en la fe y en el perdón, en la ética y en la estética, en la condensación salina de una lágrima y en el ay que se confunde con el ole. El nazareno que se encargó de abrir el portón hace una semana lo dijo con una sentencia que resume el paso donde la Semana Santa ya está dispuesta para salir a la calle: mariquillas titubeantes como la duda y la certeza, bordados de conchas y acantos, dragón de plata y camarones enredados en la malla de su manto. Ha nacido la mañana luminosa que limpia las cenizas del odio y de la envidia, de los engaños y los desengaños, de lo que pudo haber sido y no fue. El perdón también está en su sitio: donde habita el olvido.

Es hora de abandonarse a la pureza de los sentidos, esas ventanas del alma que abren el corazón a Dios y al hombre, a la ciudad y al mundo. Ese abandono es el que buscaban los místicos para ponerse en contacto con la divinidad, o sea, que no es ninguna tontería. Puede arder la túnica de una imagen judía en Nervión como ardieron las manos de la Amargura para que las tallara Susillo. Puede soltarse el brazo de un Nazareno en Padre Pío como se lo soltaron al Gran Poder. La materia se arregla con la materia. Esto va mucho más allá. Al impreciso territorio de lo espiritual, de lo inconcreto, de todo aquello que es capaz de traspasar fuertes y fronteras.

Es hora de atreverse con uno mismo, de asomarse al espejo de nuestra vida y de enfrentarnos con esas imágenes que nos gritan en silencio la verdad. Bajo el oro late algo más valioso. La plata no puede enfriar el fuego que nos quema cuando se rompen velos y duelen las llagas de lo vivido. Podemos quedarnos en la maravillosa superficie, pero eso nos llevaría a despreciar lo más valioso.

El tiempo de las vísperas de ha cumplido y ahora todo empieza a terminarse. Es algo inevitable, consustancial con la vida del hombre. Quien no lo entienda así se quedará fuera de la fiesta, y tendrá que conformarse con la afición y el entretenimiento. Algo pasajero y volátil que nada tiene que ver con las entrañas de la Semana Santa.

Es hora de fundirse con la bulla, como escribió Aleixandre. Y hay que hacerlo en el nombre del padre que nos protege con su sombra. En el nombre de la madre que nos lleva de la mano. En el nombre el espíritu que es el pájaro morado que tiñe el aire con su vuelo. En el nombre de la ciudad sólo se puede decir lo mismo que escuchamos hace siete días y que escucharemos -simetría del tiempo que se pliega sobre sí mismo- durante la semana que nos espera. En el nombre de Sevilla, amén.

Verdad en Torreblanca

Un sol alto y un cielo azul rotundo, añil y antiguo. Domingo de Ramos en los estrenos de los que pueden estrenar algo. Ninguna corbata. Delante de la Cruz de Guía los músicos con pentagrama del Polígono Sur. Filas apretadas y ordenadas de nazarenos. El misterio brilla bajo el sol y rodea la plaza del Platanero. Casas con azulejos en las fachadas, voladizos de uralita, enfoscados sin pintar. Sillas de comedor y butacas playeras. Niños que patinan junto al costero. Suena Virgen de los Reyes. Al fondo, el palio de luto liso. La Virgen de los Dolores con una gloria de seises que son tan niños como los chiquillos que se agarran a su respiradero de madera sin tallar. En la presidencia va el alcalde junto a un coronel. Tras el paso, soldados con mosquetones al paso de la oca. El pueblo felicita al pregonero, que va junto al alcalde con su cara. En la plaza, la Sevilla que nada tiene que ver con la imagen de la ciudad. Capas al viento. No hay nada impostado. Un Cautivo ante Pilatos mantiene su dignidad. Cristo donde más lo necesitan. Aquí todo es de verdad.

Francisco Robles

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