Una vecina de Torreblanca canta una saeta al Señor Cautivo ante Pilato
Una vecina de Torreblanca canta una saeta al Señor Cautivo ante Pilato
EN CUARENTENA

De Emaús a Torreblanca

«Estaba experimentando lo mismo que sentía cuando su madre lo llevaba de la mano, cuando descubrió la Semana Santa de la que se había hartado por culpa de su obsesión por conocerlo todo»
Por  0:45 h.

Llegó al umbral de aquella Semana Santa con el cansancio de las vísperas, con el hartazgo de los estrenos, con el empacho de los cotilleos que le dejaban un sabor absurdo en paladar cuando terminaban aquellas interminables tertulias en los bares de carteles y de incieso. Llegó con ese hastío que lo empujaba a la playa, a la sierra, a cualquier ciudad europea donde pudiera confundirse con un paisaje ajeno que lo acogiera con la comoidad del anonimato.

El Sábado de Pasión se fue con un amigo a un barrio del extrarradio. Salía una cofradía que no había visto en su vida. Delante de la cruz de guía empezó a sonar una música que le sentó como un puñetazo en el hígado. Vio a los jóvenes que le recordaron su adolescencia. Niño de barrio. Muchacho pobre que leía a Neruda y a Lorca en libros prestados. Se enamoró de la Semana Santa a pesas de las contradicciones que le provocaba. Mujeres de estreno acompañando a niños nazarenos. Repeluco. Cuando salió el misterio se dejó llevar por la figura del Cristo y por los eslabones de su memoria. Empezó a llorar en silencio. Se quedó solo. Su amigo seguía haciendo fotos en una plaza marginal. Aquello no tenía nada de tópico ni de típico, de renacentista ni de barroco. La belleza iba, como la procesión de aquel desplazado, por dentro. La Virgen terminó de rematarlo. Aquel palio bajo el sol de la primera tarde era el mismo que provocaba el asombro de cuarenta años antes. Exactamente el mismo. Un nazareno le dio una estampa de la Madre mientras le dabas las gracias por haber ido allí, por estar allí.

El agradecido era él, pero no era capaz de articular palabra. Se refugió en un silencio que amortiguaba el sonido de sus vísceras. La palabra emoción se le quedaba pequeña. Estaba experimentando lo mismo que sentía cuando su madre lo llevaba de la mano, cuando descubrió la Semana Santa de la que se había hartado por culpa de su obsesión por conocerlo todo. Su amigo del alma le preguntó si le había gustado la cofradía que llevaba el nombre de aquel barrio. ¿Torreblanca? Estaban en Emaús, el lugar cercano a Jerusalén donde Jesús se apareció a los que lamentaban su desaparición. Esta tarde volverá. Y encontrará, otra vez, la Verdad de la Semana Santa.

Francisco Robles

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