El misterio de la Lanzada en San Martín / ROCÍO RUZ

El calor que refresca

Paradoja barroca de una tarde de Miércoles Santo calurosa, de cirios doblados y huecos al sol, que consigue refrescarnos por dentro
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Tengo Sed. Los bares abiertos a un lado y otro de la avenida de Eduardo Dato. Tendidos de sombra llenos mientras hay papel de sobra para el sol. Tengo Sed. Un cielo abrasador delinea su figura, los árboles florecidos marcan el camino, al fondo la Giralda como un faro bañado por el calor sofocante del mediodía. Tengo Sed. El paso, hoguera neobarroca de llamas retorcidas en los candelabros, se detiene junto a la única puerta de la plaza que levantó Joselito antes de que un toro lo tumbara en Talavera. Tengo Sed. No le acercamos ni un vasito de agua. Penitentes con la túnica antigua anudada con el cíngulo de esparto cuya visión nos quitó cuarenta años –ni uno más ni uno menos- de encima. Menos mal que sus hermanos –cofradía ejemplar en tantas cosas- se acercan a los que más sufren la sed. A los enfermos de riñón, que sólo pueden beber medio vaso de agua al día. Entonces se obra el prodigio, la esencia del cristianismo, la encarnación del Cristo en los que más lo necesitan. Entonces el Crucificado de Álvarez Duarte cambia la historia de la humanidad dándole una vuelta de tuerca a la sintaxis. Tenemos Sed. Tenemos al Cristo de la Sed y al Consuelo de la Madre que iba detrás del hijo. Acunándolo como en Belén. Protegiéndolo como sólo Ella sabe hacer. Pariéndolo de nuevo cada mes de abril, cuando la ciudad espera su regreso. En la Encarnación, nombre de plaza que le viene como barquito al dedo, brilló con todo el esplendor de la tarde caldeada mientras pasaba por la Anunciación. Misterio sobre misterio. Anda que no…

Tenemos sed, y nos vamos a la Peña Bética de la Calle Ancha del barrio de San Bernardo. Brindamos con un buen amigo por el amigo que amaba estos botellines de cuello largo. Canon lisipeo para el botellín de La Cruz del Campo. El rey que le puso los nombres a las calles del barrio lleva el mismo nombre que el nazareno ausente que se hace presente en los cristales que chocan como lágrimas de nieve. Fernando lo habría hecho exactamente igual por nosotros. ¡Homeporfavó! Hay un momento concreto y exacto en que el Cristo de la Salud derrama literalmente la sangre de su costado sobre un candelabro de guardabrisa. Hemos dicho literalmente, y no exageramos. Fue en la vuelta hacia Gallinato. Con esa arista de la torre –apellido ilustre y amigo en plural- cortando su espalda en dos como la hoja barbera que Gerardo Diego entrevió en los perfiles cortantes de la Giralda.

¿Qué tiene ese Cristo para dejar conmovido y expectante, arrebatado y sereno, espiritualmente puro y carnalmente humano a quien lo mira y lo contempla? Las cornetas sonaban como deben sonar tras este Crucificado. A media voz. El vestido de torear, grana de clavel y oro de canasto antiguo, se completa con el morado lorquiano: trompas de lirios por las verdes ingles a las tres de la tarde. La sangre caída en ese candelabro –nunca hay que perder la perspectiva, decía Cela- se convierte en cera. Codal que será de lenta cera ardida cuando la noche Lo coja tras morir del todo en la Catedral. ¿Morir? La cruz es el estoque clavado en el hoyo de las agujas que marcan el tiempo que vivimos y la vida que nos queda. La llaga del costado es la herida misma de la muerte. A Dios no lo han corneado. El Galileo, que cada Miércoles Santo debuta con picadores artilleros, es la cornada. Es el concepto del quite que nos hace a cuerpo limpio para que no suframos el cornalón que merecemos. Y no somos capaces de verlo.

A la Virgen del Refugio le tocan Soleá dame la mano en Sierpes. Stravinsky, que va detrás del paso como siempre, repite la sentencia que dejó en el aire. Estoy escuchando lo que estoy viendo. Estamos viendo los sombreros de Maquedano como si estuvieran en el expositor de un entomólogo que estudia la estática pasada de la ciudad. Un sol antiguo dora de repente el oro y la seda que bordan el palio. La Virgen se va despacio, como salió del templo. Como la llevaba don Manuel Villanueva por la esquina de Gallinato, junto al azulejo del brigada Rafael. Esa forma de llevar un paso entra, por derecho propio, en el ámbito de las Bellas Artes. Ver cómo se aleja ese palio –bordado del manto según los cánones de Cúchares- entre los balcones que se asoman a la luz del mediodía es la mejor lectura sobre la nostalgia presentida que uno puede llevarse a los ojos.

Si la Semana Santa es una lenta despedida, la luz del Domingo de Ramos se resiste a dejarnos. Luz caliginosa en el barrio de San Lorenzo. Bruma cálida y becqueriana. Nazarenos franciscanos. Al fondo, envuelto en un espejismo de calor y de incienso. Ese Cristo del Buen Fin cuyo rigor mortis lo alza hasta alinear los brazos con la cruz. Rufa Hidalgo. Tambor con el eco inconfundible de la Centuria Romana Macarena. El paso anda al mismo ritmo que la prosa del vecino Laffón, ese orfebre literario que nos devuelve en cada línea la Sevilla del buen recuerdo. La Virgen de la Palma sale y suenan los campanilleros que van al ritmo airoso de su palio. Ángeles que vuelan. Delante, Fray Carlos vestido de franciscano. Un cardenal siempre es un lujo en una procesión, pero esto es una cofradía. Por eso su presencia se vuelve más humilde, o sea, más humana. Abraza a alguien que se ha acercado a saludarlo y le dice, al oído, la frase que resume la tarde.

Ante los consejos para combatir el calor reinante y tronante, el cardenal suelta una de las suyas. “El calor humano refresca”. Sonrisa pícara y bondadosa al mismo tiempo. ¿Quién ha dicho que no se enteró de qué iba esta ciudad? Guasa fina. Repite la frase para que no haya lugar a dudas. “El calor humano refresca”. Siempre. Remache que escucha, atento y solícito a quien habla con él, el hermano Pablo. Ahora suena Corpus Christi. Y nos acordamos de las mañanas del Corpus, cuando el arzobispo que vino de Tánger iba detrás del Santísimo ensimismado, con la cabeza baja. Ahora es distinto. Saluda, abraza, bendice, sonríe. El sol calienta el hábito marrón. Ha venido para buscar ese calor que refresca y que alcanza cotas veraniegas cuando nos vamos al Arenal.

¿Cómo vamos a escribir sobre la Piedad del Baratillo después de lo que soltó el pregonero en la Maestranza? Durante el tiempo –otra vez exacto y concreto- que duró ese poema el teatro se transfiguró en plaza de toros y cambió el género del artículo. Ya no tiene Sed. Ya le falta la Salud. Ya ha dicho las Siete Palabras que iba soltando por la collación sevillanísima de San Vicente. Ya lo ha negado Pedro en el hervor desierto de la Campana mientras el gallo canta la saeta de Tomás Pavón en el patio de Caifás. Ya lo han prendido en la calle Orfila y lo han crucificado con la severidad castellana en San Pedro. Ya le han clavado esa lanza –canasto sobrecogedor- como un puyazo fuera de tiempo y de compás. Ya sólo queda el cuerpo extendido y la belleza adolescente de la Mujer que Lo concibió. Los tiempos están cambiados para que el tiempo encaje. La luz empieza a desvanecerse como si estuviera hecha de la misma carne que recreó Ortega Bru en el Señor del Baratillo. El miura escarba la sepultura en el albero apagado de la noche. Hay quien va a San Bernardo para buscar al Cristo, y quien acude, fiel a la cita consigo mismo, para encontrarse en el estoque de su memoria. Cruz de hule definitivo. Pero no importa. Dentro de nada reaparece en Emaús.

Historias verdaderas

El cielo nocturno de abril –ya era Miércoles Santo- comulgaba con la forma perfecta de la luna. Por encima del pretil dentado de las almenas se asomaban las palmeras que asombraban al niño. La Virgen de su madre alumbraba con vivas candelas los jardines a oscuras. Todo era tan hermoso que daba miedo estar allí. Aquel hombre había colocado un cirio en la candelería con un lema -Candela de vida- que lo llevó a los momentos más amargos y más dulces de su existencia. Las donaciones salvan vidas, y en ese cirio encendido que iluminaba los jardines de su infancia estaba la médula de la Semana Santa. Junto a su hermano, como si fueran los niños que la madre llevaba hasta allí, pisó el albero de la Verdad. No hace falta escribir nombres, porque los nombres se olvidan. No hace falta contarlo todo, porque lo importante ya está dicho sin palabras. En el aire había un ángel que todo lo embellecía, un ángel que había diseñado aquel paisaje antes de que el mundo fuera mundo. Se notaba la mano maestra de Dios. Con estas historias se teje ese manto compartido al que llamamos la Semana Santa.

Francisco Robles

Francisco Robles

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