Escena de la danza que imita al misterio de Jesús Despojado
NODO

El carnaval sevillano

«En esta ciudad de la guasa y del malaje nos bastamos con la realidad para reírnos de nosotros mismos»
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En Sevilla no haca falta ningún Cascana que monte una chirigota para burlarse de los capillitas. En esta ciudad de la guasa y del malaje nos bastamos con la realidad para reírnos de nosotros mismos, aunque la carcajada no salga en público: preferimos la media sonrisa en la penumbra de la intimidad. En Sevilla no hace falta montar ningún carnaval en un teatro de ladrillos colorados, porque de ese material está hecho el Tanatorio de la SE-30: lagarto, lagarto de la Catedral… Aquí el carnaval se confunde en formas y en fechas con la cuaresma, con las vísperas jartibles que han provocado una inflación cofradiera digna de estudiarse en alguna facultad de Ranciología. Hasta los ensayos de costaleros tendrá que regular el CECOP para que las calles del centro no terminen «acolapsás», como diría Donmanué.

Esta cuaresma dará el pelotazo el cuarteto compuesto por los personajes que han copado el ecosistema del capillismo hispalense. Una especie de Village People al sevillano modo, o sea, un Sevillage People que se ajusta a los cuatro arquetipos del capilleo del siglo XXI. El primero de ellos acaba de salir del gimnasio. Llamémosle El Petaíto. Músculos tallados con la gubia del ensayo costaleril. Camina por la calle al son de una marcha que lleva grabada en el cerebro. Izquierdazos, costeros, sobre los pies, y al final siempre rompe con el ¡vamonooooo! Adicto a la trabajadera, este practicante del deporte sacro no concibe la Semana Santa sin ese peso que no quiere quitarse de encima.

El complemento del Petaíto es el Musiquito. Otro que tal baila: ya están haciendo hasta montajes de ballet con las marchas concebidas para el lucimiento del corneterío y del costalerío. Antes se componían para buscar la alabanza de la imagen. Pero eso pasó a la historia. Ahora los compases van marcando los pasos que el coreógrafo que va debajo del paso les va ordenando a los compañeros de palo y zambrana. Sones aflamencados dignos de una comparsa gaditana, redobles redoblantes, solos de corneta más solos que la una… En cuanto a la imagen, de eso se encarga El Tobillito. Traje más apretado que el fin de mes de un tieso. Pantalones pitilleras y recortados. Calcetines inexistentes. Peinado de tupé fijado con el fijador del costero izquierdo. Lengua de triple filo. Graduados en Blonda y Chantilly, se creen imprescindibles como los alfileres que clavan con mimo en la imagen y con odio en el imaginario de los que le critican.

El cuarto componente de Sevillage People es el espectador de todo esto. Lo llaman El Chinito por la procedencia de la silla que lleva cada tarde cuando se sienta y se asienta en alguna calle por la que pasen dos o tres cofradías. Mochila con bocatas, latas de cerveza o de refrescos, paquetes de pipas. Los auriculares, vulgo casquitos, para escuchar el carrusel cofradiero. Como si estuviera en el fútbol, o en un concierto de un cantante de Operación Plaza del Triunfo. Exactamente igual. O en el paraíso del Falla, ese teatro que necesita a la chirigota del Cascana porque no tienen lo que disfrutamos los sevillanos sin pagar entrada: el carnaval en plena calle.

Francisco Robles

Francisco Robles

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