La Virgen de la Estrella por la calle San Jacinto / ROCÍO RUZ

El Domingo de Ramos era esto

El sueño se hizo realidad y la Semana Santa entró por el pórtico glorioso y de la luz y de la infancia
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A las 12:44 horas se abren las puertas en el Porvenir. El presente se hace luz que entra -bocanada de sol muy blanco- en la parroquia de San Sebastián. El cronista escribe mientras los nazarenos niños pasan a su lado. En la calle suenan tambores que se alejan. Blancura inmaculada que aprieta las manos amigas y que anuda la primera saeta en el aire confuso: el templo es la calle. Tres golpes de martillo. El definitivo es algo completamente serio. Dijo Larra que escribir en España -el capataz Sanguino le dedica la primera levantá a todos los españoles- es llorar. El cronista no es un escritor objetivo. Cartas boca arriba. No hay naipes marcados, sino vividos. Por eso se le nubla la pantalla donde escribe lo que está viendo. Suena la música. De vuelta al Porvenir. No hay mejor metáfora para herir la memoria y alegrar el presente. Se va el Cristo pero Jesús se queda. Aquí.

La Paz se levanta para agradecer a los donantes, esos ángeles de la guarda que encienden las vidas de los trasplantados. El palio se baña en la luz que espera a la Virgen. Árboles floridos, ropa de estreno, saeta de su costalero Ordóñez en el presbiterio y de Álex Ortiz desde un balcón. El cronista en la misma puerta. Zancos recortados, esfuerzo supremo, órdenes precisas del capataz. Se aleja el paso con la marcha que le compuso don Pedro Morales, hoy envuelto en esa niebla del silencio que lo aísla del mundo. Pervive su música. El sol altísimo del mediodía se encarga de bordar el manto con la sombra calada del palio. Sombra efímera y oscilante como la vida misma. Porque somos el hilo que nos cose a la existencia.

A partir de ahí todo fue un diálogo en diagonal. El sol y la sombra se repartían los claros y las bullas. En Doña María Coronel el misterio de la Cena caminaba bajo un sol denso y vertical que desmentía el gastronómico pasaje evangélico que se representa en el paso. Las Cigarreras tocaba de forma elegante y el público buscaba refugio bajo los naranjos. Agua mineral y copas con todos sus avíos. Cerveza de forma continua. De pronto apareció la oscuridad de una de las imágenes más conmovedoras. El Cristo de la Humildad y Paciencia dejaba que el rotulador de la luz remarcara sus doloridos perfiles. Brillaba la espinilla de la pierna adelantada, el hombro lacerado por la cruz, la cabeza coronada por las punzantes y sombrías espinas. La espalda se libraba de reflejos y permanecía en la tiniebla morada de la piel ensangrentada. Esa espalda es el contraluz del Domingo de Ramos, como la torre mudéjar y la palmera de Santa Catalina al paso del Señor de las Penas.

Luces y contraluces. Escuchamos La Madrugá en la esquina de Gerona para la luminosa y paradójica Virgen del Subterráneo. Tejera suena como en una sala de conciertos. Un niño sufre una lipotimia. El paso gira con lentitud de siglos. Madrugada en el oboe y mediodía en las fachadas expuestas al sol. El niño se recupera y el paso de va entre los naranjos con la torre de San Pedro cómo faro. Prodigioso.

En la calle Feria le hacen lo mismo al Cristo de la Buena Muerte. Suena Arahal y volvemos a la adolescencia. Caoba en el paso. El Hijo del Hombre ante la Magdalena. Diálogo imposible. Ella, abiertas las manos y expectante la mirada, no sabe que dentro de poco Él le dirá que no lo toque. La banda toca magistralmente una marcha dedicada a la Virgen del Refugio. El Crucificado está literalmente colgado de un cielo azul Hiniesta. En Relator esquina a Pozo, el Carmen de Sslteras toca Pero como Tú ninguna. Un nazareno con vara dorada le da al cronista un sugus de piña: el envoltorio es inevitablemente azul. Canta El Sacri. Mandan los Ariza. El palio encajonado entre los balcones. Llueve la luz para apagar tantos rescoldos y para evitar tanta ceniza.

Ese sol le saca astillas luminosas al Señor de San Roque. Nazarenos sudorosos bajo el terciopelo en Puñonrostro. Cornetas y tambores de Esencia. Avanza el Nazareno con el son acompasado de los Villanueva. La Virgen de Gracia y Esperanza deja que el sol se cuele en su palio. Rostro alumbrado por el color dorado de la tarde. Todo va fluyendo a pesar del calor que llena los bares y vacía las aceras al sol. Hay bullas pero tampoco son nada del otro Jueves, que es Santo. Así lo vio el cronista,, aunque ya se sabe que cada uno cuenta la bulla según le va. Solo hay que asomarse a Reyes Católicos para comprobarlo al paso de Triana, que hoy es la Estrella. O dejarse caer en el Salvador cuando vuelve la Borriquita.

Altos capirotes de negro ruan frente al blanco de la inocencia infantil. Cruces rojas en los antifaces y en las gorras de la banda que acompaña a la Virgen de San Roque. A las siete y media aparece el misterio de los niños. El Cristo calzado. Bondadoso. Se balancea la palmera y una brisa reparadora riza los naranjos de la plaza. Palmas estrenando los reposteros y ancianos reestrenando la vida en los balcones de San Juan de Dios. Todo renace y todo empieza a acabarse.

Entonces fue cuando Albanio, el niño que nació en la cercana calle Acetres, se hizo presente en la plaza con la voz prestada por su creador. La frase de Ocnos no murió con Cernuda. Sigue viviendo dentro de nosotros. Llega un momento de la vida cuando el tiempo nos alcanza. El paso dorado y rosa caminó con esa perfección que solo puede ver el niño. Embobados y embelesados. Sonaban las cornetas suavisimas, los tambores redoblaban en la memoria. Todo era celeste y celestial. La luz postrera doraba los pretiles de las azoteas. El paso medido de los costaleros. Zaqueo subido a la palmera y los niños recibiendo a Jesús en el canasto. Que no pase este momento, que se quede grabado en la memoria del alma. Subió la ‘rampla’ con Cristo del Amor para recordarnos que al llegar la noche la bajaría el Crucificado que abraza a la ciudad. Claveles rojos como la sangre del pelícano.

El azul fue oscureciéndose, aunque el lazo anudado al catálogo delantero derecho de la Hiniesta siguió alumbrando la memoria de lo que pasó hace 85 años. Recordar a los que sufren sin ofender a nadie. He ahí la diferencia. Esta cofradía es ejemplar en ese aspecto. Dos veces sufrieron el atentado de las llamas, dos imágenes de la Virgen se quemaron. Pero ahí están. Ajenos al rencor.

Al otro lado de Sierpes, la cofradía de la Estrella se desbordó. El público en Rioja llegaba hasta las sillas de la carrera oficial. El Cristo que trianea buscaba la última luz del día, aunque esa luz llegaría más tarde en la carita cerámica de su Madre. La bulla se multiplicó a sí misma. El sol dejaba un rastro de cansancio y de una sed saciada con el agua de la emoción. Crecía la luna como las bolas de cera que los niños le enseñaban al alcalde en la calle mayor de la ciudad.

Sí, el Domingo de Ramos soñado era así. Luz y más luz. Cielos infinitos en su hondura restallante. Belleza de los cuerpos aliados con la hermosura de la juventud o de la madurez, y en los ojos que son capaces de retener el perfil de ese Cristo que nos reconcilia con la infancia. El cronista confiesa que se aisló del tiempo y del mundo mientras ese Jesús bondadoso y bueno cruzaba su plaza y subía para refugiarse en la penumbra de nuestra casa. Eso es la Semana Santa. Y el Domingo de Ramos del niño que somos era esto.

Amargura eterna

Fuera del espacio que recorre cada Domingo de Ramos. Más allá de su barrio y del mudéjar enriquecido con el barroco que la acogen en su templo. Esta cofradía discurre por el aire. Desde el nazareno que abraza la Cruz de Guía hasta el eco de su marcha. Anoche volvimos a comprobarlo. La Amargura no está inscrita en ningún círculo temporal ni estético. No se parecen a nada ni a nadie. En la noche templada los cirios dibujaban diagonales perfectas al cuadril. El misterio del Silencio Blanco avanza con ese andar que es suyo. Nada de coreografía. De frente. Como el llanto amargo de la Madre. Ni el cerebro ni el corazón pueden abarcar tanto. Se aleja el manto como un anticipo de la nostalgia. Se va la mirada perdida mientras el cronista arranca otro Domingo de Ramos del almanaque que le da la vida y se la quita al mismo tiempo. A partir de ese momento queda la misma sensación que experimentó Peyré tras contemplar el tránsito fugaz de la Soledad. Queda mucha Semana Santa. Pero tendremos que esperar un año para ver en la calle la cofradía que transita por la murubiana ensoñación que provoca la Amargura.

Francisco Robles

Francisco Robles

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