Luis Álvarez Duarte, junto a la Virgen de Guadalupe en su taller / E. BORREGO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

El niño imaginero

«Se ha ido el niño imaginero de la Virgen Niña de Guadalupe, de la sonrisa esbozada del Patrocinio, de la infinita ternura que inspira el Cristo de la Sed»
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Un mes sin Luis Álvarez Duarte

Cuando Irene Gallardo me propuso la entrevista para el número de este mes de octubre, no podía imaginar lo que sucedería antes de publicarse. Pensé que el primer jueves de octubre recibiría la llamada de Luis Álvarez Duarte, el entrevistado. Su voz cariñosa, su sonrisa de niño eterno plasmada en el sonido del móvil. La misma voz que me recordaba mi infancia cuando hablábamos de la Virgen de Guadalupe en San Bartolomé. Un día me lo dijo y aquello se me quedó grabado. “Esa Semana Santa no la has podido leer en ningún sitio, porque no la ha escrito nadie. Se nota que la has vivido de niño”. Cómo se nota que llevabas a Dios en la savia de tu sangre, en la madera de tus músculos, en las pupilas que funcionaban al revés: el rostro del Cristo estaba en tu retina, y de ahí pasaba al exterior de la madera.

Se ha ido el niño imaginero de la Virgen Niña de Guadalupe, de la sonrisa esbozada del Patrocinio, de la infinita ternura que inspira el Cristo de la Sed. Lloraste como un niño cuando te lo dije en Nervión. Habías tallado ese Cristo para que los enfermos de riñón, los que tienen una sed que no puede saciarla el medio vaso de agua que beben al día, pudieran agarrarse a él. Te lo dije a la cara
mientras veía correr las lágrimas por tu rostro eternamente sonriente. Por que tú eras la emoción que transmitía esa sonrisa entre pícara e inocente. La sonrisa del asombro.

¿Cuántas manos se habrán agarrado y seguirán agarrándose a tus imágenes cuando más falta les hace? ¿Cuántas voces apagadas por el dolor le susurrarán oraciones a esa imagen que salió de tu taller una tarde clara e ilusionada para los que se la llevaban, una noche oscura en la que te despedías de ella como un padre que ve cómo se le va su hija de casa? Eras el artífice de ese proceso que consiste en humanizar la madera y en divinizar la imagen del hombre. Eras el artista que no se conformaba con el oficio ni con la palabra: no eras escultor. Imaginero de Sevilla. Así te sentías. Y eso eres.

Te escribo estas palabras con la voz cortada, con la gubia que duerme en tu taller y te echa de manos, con el fondo del ronco tambor de Hidalgo que suena en la llanura de la ausencia. Y te ofrezco el íntimo homenaje de las páginas que pretenden hacerlo imposible, porque imposible es reunir tu obra, tus matices, tus silencios, tu belleza, tu tesón, tu sonrisa. La sonrisa del niño imaginero que a estas horas estará contemplando a la Virgen Niña que no tiene edad y que se llama Guadalupe.

Francisco Robles

Francisco Robles

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