Monaguilla de San Roque / M. J. LÓPEZ OLMEDO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

La hora de la siesta

Por  0:15 h.

Hay una secreta belleza en la soledad de las calles de Sevilla cuando en el reloj de sol da la hora de la siesta. En los paseos se amontonan las primeras hojas secas, pregoneras de un otoño aún lejano pero que para ellas llegó ya; de los árboles baja el monótono canto de las chicharras, funeral como los salmos penitenciales que entonaban los monjes del monte de las Ánimas; y en el cielo, turbio de flama, los vencejos, negras gumías, hieren por última vez con su apresurada esgrima un azul que dejó de ser rotundo y ahora se insinúa tras un vidrio mate que sólo deja pasar espejismos. Un sesgo de irrealidad envuelve la desapacible calma que se apoderó de las calles después de que la naturaleza declarase su toque de queda. Mas hay algo hermoso en el vacío cósmico que ante el solitario caminante que osó transgredirlo abren los rayos de un sol furibundo, como empeñado en castigar su insolencia; porque ese vacío desprende una suave melancolía que permite volver a paladear viejos sabores, percibir de nuevo aromas que creíamos ya olvidados, revivir lo que un día vimos muerto. Todo en esta hora es algo que sucede en el pasado, porque en el viejo reloj de sol ha dado la hora de la evocación. Tal es el secreto de esta iniciática hora de la siesta. Dijo el poeta Caro Romero que la soledad es la sala de audiencias de Dios, pero a veces también nos encontramos en ella con nosotros mismos. Suele acontecer en esta soledad del estío, cuando el calor derrite las manecillas, ablanda las esferas de los relojes y hace que las horas se confundan; que sean todas al mismo tiempo. Entonces, todo vuelve a ser lo que alguna vez fue; pasado, presente y futuro se tornan la misma cosa. Es el tiempo sin tiempo de los poetas y los niños, al que regresamos por un mágico instante, sin dolor, sin añoranza, sin tristeza. A nuestro encuentro acuden, también, los recuerdos de la Semana Santa. La luz clara de todos los Domingos de Ramos que vivimos se desliza como un espíritu alumbrando en nuestra memoria estampas, paisajes, rostros que nos conmueven el alma. En nuestra ensoñación, veremos pasar cortejos de nazarenos que ya no salen por sitios por donde ya no pasan; y llegaremos a sentir que una mano amorosa toma la nuestra y nos guía a través de las sombras de una noche que sucedió hace ya mucho tiempo. Comprenderemos al cabo que nada ha muerto si todavía permanece su recuerdo. Que el tiempo en realidad no pasa, lo hacemos nosotros; todo lo demás, queda. Inspirada por esta experiencia que todos hemos tenido alguna vez, me pregunto cuánta literatura –buena o mala, es lo de menos- no se habrá escrito. Los pregones de Semana Santa, seguramente todos. Porque los pregones que se pronuncian cada Domingo de Pasión en Sevilla acostumbran a ser más que el anuncio de la Semana Santa que llega, la evocación de una Semana Santa que se fue; piezas cuya idea acaso fue alumbrada en esta prodigiosa hora de la siesta, cuando no es dado regresar a lo que alguna vez fuimos y nunca dejamos de ser, cuando podemos invocar a nuestro propio fantasma y éste acude a abrazarnos. Luego, unos días o quizá unas horas más tarde, el destino, la costumbre o qué sé yo, acaso nos sitúe frente al mar, esa metáfora de la eternidad, y entonces la ilusión que nos hizo volver en el tiempo se disolverá en otra ilusión, la que en nosotros despertará el futuro. La hora de la evocación habrá pasado y, como dijo el joven Chaves Nogales, ‘será invadida por una emoción nueva’. Sí, también lo dijo Chaves Nogales, Sevilla es bella porque siempre es nueva, pero sobre todo lo es porque, a pesar de todo, logra seguir viva. Al menos, en nuestra memoria.

Francisco Robles

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