La Virgen de los Reyes, en su salida / JAVIER COMAS
NODO

La mañana de la madre

Por Ella reinan los reyes y amasan el pan los panaderos, por ella auscultan los médicos y buscan la palabra los poetas
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Publicado el 15 de agosto de 2019

A lo lejos, la ciudad. En esa distancia que marca el sfumatto con el que Leonardo resolvía el enigma de la lejanía imposible en la superficie —dos dimensiones— de sus lienzos. Al final siempre estará la ciudad donde hoy amanecerá la misma luz en el rostro de la
Madre. Es imposible escribir sobre este asunto sin el repeluco que te nubla levemente la pantalla del ordenador. Hoy es uno de esos días en los que vives envuelto en el tiempo sin tiempo del niño. Cernuda podría haber nacido aquí, en la Toscana del
Renacimiento que busca desde hace más de medio milenio la belleza insobornable. Serio, un punto adusto y distante, esquivo y al mismo tiempo certero como la geometría de Brunelleschi.

Las Vírgenes que vas a volver a contemplar estos días tienen la dulzura de Bellini, la profundidad del relieve de Donatello, la gracia de Ghiberti. Es la Muchacha que recibe el encargo del ángel en la quietud luminosa de Fra Angelico. Son Vírgenes silentes, lentas como una nube de verano sobre el monte de Santa María Tiberina. Al regresar a esa luz que te enamoró cuando aún eras joven, vuelves inexorablemente a la ciudad donde la Madre sonríe a la mañana cuando el sol parte en dos el ladrillo vertical de la torre. El alminar como un termómetro donde el mercurio baja desde la espadaña renacentista con forma de campanario. El mercurio amarillo de la primera luz del día. Es la mañana de la Virgen. Sobran las advocaciones. El latín que unía la Toscana con la Bética lo dice todo con una frase cerrada, rotunda. Per me Reges regnant. Por Ella fuimos el rey que se creyó dueño del mundo en el territorio inabarcable de la infancia, en ese reino donde no existían las fronteras que trazan los almanaques. Por Ella volvemos al regazo de la madre que nos espera, como en el poema hiriente de Brines, al otro lado del mar, en la última costa. Por Ella reinan los Reyes y amasan el pan los panaderos. Por Ella auscultan los médicos y buscan la palabra exacta los poetas. Porque sin Ella, sin la Madre, nada sería posible. Nada ni nadie.

Hoy la verás en el sfumatto de la distancia, al otro lado del Mediterráneo que teñirá de azul la nostalgia presentida. Por mucho que conozcas los recodos, siempre te sorprenderá el camino. La punzada inevitable buscará la lámina del miocardio para que la incisión te duela por dentro. Y entonces comprenderás que todo vale la pena y la alegría de vivir, que la ciudad siempre te acompaña por mucho que quieras dejarla atrás durante el paréntesis del descanso. Siempre está ahí, con sus azulejos entrevistos en el brillo del mar, con la espuma del tiempo que se deshace y nos rehace, con el palio de tumbilla y los nardos que huelen a la blancura que se queda en el cofre abierto de la retina. Sostiene Borges que no se recuerdan los lugares, sino el tiempo que se vivió en esos sitios. Buena definición de Sevilla, esa ciudad situada en las horas que pasan como el bordado de un manto, como la lenta claridad que desemboca en la hoguera del solitario mediodía, como la mañana en que las madres buscan a la Madre.

Francisco Robles

Francisco Robles

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