Lluvia en Sevilla / JUAN FLORES
EN CUARENTENA

Lluvia de primavera

«Es la primera lluvia de la primavera. La que nos recuerda que somos agua. Somos el río de Heráclito. Nunca viviremos dos veces la misma Semana Santa»
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Llueve. Es mediodía y llueve. La lluvia es la música de esta Cuaresma. Gotas como corcheas, avenidas vacías como pentagramas de cinco carriles, clave de sol apagada por las nubes que descargan el agua embalsada en la grisalla del cielo. Desde mi balcón los veo, que diría Lorca. Están ahí, al otro lado del muro y de la puerta. Encerrados y confinados. Como yo. Exactamente igual. Como estaba sufriendo lo más grande el Cisquero al que estreché la mano cuando más huérfana la tenía. Verse reflejado en el Cristo a través de su imagen es lo más hondo, lo más auténtico de eso a lo que llamamos Semana Santa.

Estamos comprobando que lo demás es anecdótico. Hermoso, florido, placentero, emocionante… Pero anecdótico. Lo que de verdad importa está ahí dentro: en la capilla que se adivina tras la puerta cerrada, y en el corazón que se diviniza -ya lo dijo Bécquer- cuando sentimos esa presencia dentro de nosotros. En Sevilla, Dios no es un ser de lejanías, sino todo lo contrario. Es tan cercano que sufre las epidemias y las riadas, las guerras y los incendios, el odio y los rencores cruzados. Y la Madre, más de lo mismo. O más todavía. Cuando la ves en esa foto del cajón estás viendo todos los dolores de la humanidad. Desde el primero hasta el último. Todos.

Sigue lloviendo. No hace falta poner a Font de Anta para escuchar el sonido de su palio. Se mueve como la lluvia. Se resguarda del virus como nosotros. En esa soledad interior se hace aún más nuestra. Ahora entiendes que ser hermano de una cofradía es algo más que llevar una medalla, una túnica, un cirio. Es compartir la soledad con esa hermosura apasionada que solo pudieron definir San Juan de la Cruz y Montañés. Llueve en San Juan de la Palma y en el patio de los naranjos del Salvador. Esta lluvia traza el mapa sentimental de cada nazareno. Cada uno la escucha en una calle, en un atrio, en un arco, en una plaza, en un puente, en unos jardines, en un parque, en una avenida…

Es la primera lluvia de la primavera. La que nos recuerda que somos agua. Somos el río de Heráclito. Nunca viviremos dos veces la misma Semana Santa. Este año el aserto se ha hecho más claro aún. Este año hemos comprendido que las imágenes son lo verdadero y lo importante, lo que nunca pasa. Son el nudo que nos agarra a Quien nos salva. Por eso están como nosotros. Porque son como nosotros. Y eso es algo imposible de explicar con mil palabras.

Francisco Robles

Francisco Robles

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