Nazareno de la Trinidad iluminado en la oscuridad de la entrada de la cofradía / JAVIER COMAS
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Lo que queda

«La Semana Santa es una enseñanza, una escuela de vida y de muerte, de emociones que trascienden lo epitelial para alojarse en lo más doloroso del miocardio»
Por  0:20 h.

Queda el rescoldo del fogonazo primero, la madera oscurecida por la pátina del tiempo, la memoria de los días fugaces como chasquidos de luz, como astillas del gozo presentido que se hizo presente de indicativo. Queda el cansancio del nazareno, el estreno que dejó de serlo cuando el paso se puso en la calle, la mirada de un niño que nos recuerda la inocencia que sigue buscándonos en cada esquina. Queda el eco de un martillo sonando en la penumbra de una iglesia que estallaba de luz y de alegría, el recuerdo de los que se fueron y volvieron para compartir un instante con nosotros, el goteo de la lenta cera ardida que aún se arruga en las calles con nombres que nos remiten a las cofradías que por allí pasaron.

La Semana Santa es una enseñanza, una escuela de vida y de muerte, de emociones que trascienden lo epitelial para alojarse en lo más doloroso del miocardio. Y la Semana Santa de nuestros días también es una sucesión de palabras y conceptos que conforman un mosaico abigarrado, sin orden ni concierto, más grotesco que barroco. Bullas, mochilas, naipes, entretenimiento, bocadillos, pipas, latas, izquierdo, móviles, costero, coreografía, cambios, diseño…

Lo superficial se impone en ciertos lugares propicios al asentamiento del excursionista que se toma esto como si la calle fuera un plató de televisión. Meros espectadores, ajenos a la devoción, comedores de pipa cuyas cáscaras tiran al suelo sin importarles lo que pueda pasarles a los nazarenos que vayan descalzos. Queda la Madrugada tranquila y despoblada, las calles por donde San Esteban y San Bernardo entrando de día por motivos diferentes, el granizo del Jueves y la lluvia del Viernes, el balcón del amigo por el que pasa el Cisquero, un resplandor de belleza en medio del luto y el entierro, del ‘in ictu oculi’ y el dolor.

Queda todo lo que se fue, porque este tiempo sin tiempo (Cernuda) no se va nunca del todo. Ni aunque nos vayamos nosotros.

Francisco Robles

Francisco Robles

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