Portada del anuario de los Estudiantes / JAVIER COMAS
NO DO

El poder de las imágenes

Uno ya ha desistido de discutir con esos simplistas que no han leído a Saussure, que no distinguen el significante del significado
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Provocan el asco o el deseo, calman al moribundo, asombran al que las contempla, excitan los sentidos, ahondan en el dolor o la alegría, se quedan en la sobriedad del blanco y del negro o estallan en la catarata insaciable del color. Son las imágenes, esa creación a medias entre la psique y la naturaleza, entre Dios y el hombre, al que creó a su imagen y semejanza.

Que el hombre es un animal simbólico es algo que sólo pueden ignorar los ignorantes que ven un trapo en una bandera, una mancha en una fotografía, una mano de imprimación en un cuadro de Velázquez, un trozo de mármol o de madera en una escultura de Miguel Ángel, en un Cristo de Mesa o Montañés. Uno ya ha desistido de discutir con esos simplistas que no han leído a Saussure, que no saben distinguir el significante del significado, que ignoran el poder de los signos y de los símbolos. El poder de la imagen, como se titula el libro de David Freedberg que debería ser de obligada lectura en una ciudad como Sevilla.

Que alguien no se explique, a estas alturas de la historia, que una persona pueda sentirse ofendida por la visión obscena de la imagen donde deposita su fe, sus creencias o la memoria de sus seres queridos es algo inexplicable. Para los que sacan el apelativo de antiguo, rancio o carca a las primeras de cambio, una aclaración: nunca ha estado sometida la imagen a una inquisición tan férrea como la formada por los tribunales de la corrección política. Una palabra, que en sí misma es un signo, puede dar con alguien en la cárcel en cuanto pise la línea continua de las prohibiciones que dictan cada día -y cada hora- estos teóricos progresistas que son unos reaccionarios que se creen en posesión de la verdad absoluta.

El lío del montepío que se ha montado a cuenta de las imágenes sagradas cuyas restauraciones han salido a la luz por una decisión ministerial, tiene sentido. Que cada uno opine lo que quiera, pero nadie en su sano juicio -sin prejuicios, por favor- puede negar que es lógico que alguien se sienta herido por algo así. Como ofendidos se sienten los que están midiendo continuamente las palabras que utilizamos para describir los problemas físicos o psicológicos que padecemos los seres humanos. Palabras que tienen validez hasta que ellos -habría que añadir el redundante «y ellas»- dictaminen que esa denominación es vejatoria y la sustituyan por otra en un viaje léxico de nunca acabar.

Pues eso, que somos animales simbólicos, y que cada uno tiene derecho a sentirse ofendido por lo que más le duele. Íbamos a decir que eso se soluciona con el consabido axioma: todos moros o todos cristianos. Pero eso ya es ofensivo, y habría que añadir a las moras y las cristianas, aunque las primeras tendrían que llevar hiyab o burka si así lo manda el macho en medio del silencio feminista: ¿lo ven? Si es que no puede ser… Y que sepan los iconoclastas que ellos son los que les dan más valor a las imágenes. Creen que al insultarlas, vejarlas o destruirlas están haciendo lo propio con el Cristo o la Virgen que representan. Criaturitas…

Francisco Robles

Francisco Robles

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