Misterio de San Gonzalo sobre un mar de cabezas en el Puente de Triana / SERRANO
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Réquiem por la bulla

«La bulla ha muerto y nadie quiere darse por enterado. No se trata de un macetón más o menos, de un bolardo que sube y baja para solaz de los amantes de las analogías que terminan en borderíos»
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Sevillanos, la bulla ha muerto. No hace falta que salga ningún Arias Navarro en una televisión en blanco y negro, con la corbata de luto y el rictus funerario propio de la ocasión. Sevillanos, la bulla ha muerto, y para los amantes de las efemérides vamos a consignar la fecha exacta de su óbito. Fue ayer, lunes 4 de septiembre del año 2017. Con un calor tan fuerte como el de la canícula y tan pegajoso como el del membrillo. El acta de defunción se firmó en el Ayuntamiento de Sevilla, y los cuatro evangelistas laicos y apócrifos que la rubricaron fueron el alcalde y el delegado del Gobierno en Andalucía, el delegado de Seguridad y Fiestas Mayores —por ese orden de importancia a partir de ahora— y el subdelegado del Gobierno, para los rancios el gobernador civil de toda la vida de Dios.

Los nuevos tiempos empiezan cuando menos te lo esperas, y las costumbres se pierden sin que nadie se dé cuenta. De pronto, alguien repara en que se han dejado de arreglar los paraguas, ya no hay puestos de agua en la calle, ni búcaros en las casas de vecinos, porque ya no hay casas de vecinos ni nadie conoce a los vecinos de su casa. Con la bulla está pasando algo parecido. Alguien tendrá que componer el Réquiem por la bulla, para banda de cornetas y tambores o agrupación musical, a elegir. Una melodía tristona y melancólica tirando a almibarada, con su pellizco flamenquito y la tensión acumulada que se rompe para que el paso rompa y los espectadores rompan a aplaudir. ¡Izquierdo! ¡Vámonos! ¡Ole!

La bulla ha muerto y nadie quiere darse por enterado. No se trata de un macetón más o menos, de un bolardo que sube y baja para solaz de los amantes de las analogías que terminan en borderíos, o de un perímetro de seguridad que convertirá nuestro casco antiguo en un ambiguo recinto donde siempre será Semana Santa en cuanto a la seguridad se refiere. Siempre será Semana Santa… menos en Semana Santa, cuando los más observadores empiecen a echar de menos aquellas bullas que se regían según sus propios cánones, sin necesidad de pasillos ni de vallas, de aforamientos ni de furgones de la policía atravesados para que ningún terrorista yihadista pueda atropellar a la multitud. Porque la bulla se ha convertido en multitud, y eso es otra cosa, ¿verdad, usted?

Podemos darles todas las vueltas que queramos a estos asuntos, incluida la carrera oficial. Podemos meter los pasos por la Puerta de los Palos y sacarlos por la Campana. Podemos discutir hasta el infinito sobre una segunda Madrugona o dejar la que está como está, pendiente de una pelea en la calle Arfe para que el personal salga corriendo. Pero algo está claro. Esto ya no es lo que era. Y esto no es Sevilla, sino el mundo. Así que ya pueden prepararse los capillitas de penitencia y de gloria, los piratas de las cofradías ilegales, los organizadores de viacrucis y los del otro bando: porque esto también afecta a las manifas y a los conciertos en la Alameda, a partir de ahora el Barrio. Sevillanos y sevillanas, la bulla ha muerto. Y fue ayer, cuando los dos grandes partidos se pusieron de acuerdo en algo: ésa es la prueba que no falla.

Francisco Robles

Francisco Robles

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