La Virgen del Rocío en su salida extraordinaria / JAVIER COMAS
CENTENARIO DE LA CORONACIÓN

El susurro de la salve

«Siempre hay una mano que nos devuelve a ese lugar donde desaparecen las minucias y los rencores, todo ese arsenal de fogueo que nos impide contemplar la Verdad»
Por  0:05 h.

El suave susurro de la Salve que sonaba… Habría que ser Garcilaso para describir, si eso fuera posible, la suspensión del tiempo que se produjo en el Real. Había un arco de luz, había bombillas de colores que vaciaban el perfil isósceles y polilobulados de la imagen, había un aire tibio que dejó los termómetros en la juventud de los veinte grados. Pero sobre todo eso, sobre la aleixandrina multitud que recibía la caricia de la noche que luego cuajaría en el rocío del alba, había un silencio dulce, levemente traspasado por las flautas acompasadas al instante. Los tamboriles apenas rozaban el instante con ese golpeo que hunde las raíces del sonido en la quietud telúrica de la tierra. La arena era la sordina que empapaba el rumor de los pasos que nos acercaron al prodigio. De pronto, como si el tiempo resbalara por la pendiente sin ángulo de la eternidad. Y ahora que venga alguien para decir que en esta aldea no está la clave de la mística popular, de la que se lee con los ojos claros y limpios del corazón.

Sonaba la Salve, y las voces, tímidas y pálidas, apenas salían de las gargantas enmudecidas por la emoción. Hechuras antiguas en los adornos que se evaporaron durante esos minutos breves, condensados y ligerísimos a un tiempo sin tiempo. Su cara era el Todo. Al Rocío yo quiero volver… Siempre hay una mano que nos lleva y nos devuelve a ese lugar donde desaparecen las minucias y los rencores, todo ese arsenal de fogueo que nos impide contemplar la Verdad. Esa mano es la Fe con que se canta la Salve, aunque en ese momento sea imposible, porque el misterio le desveló y esa Verdad saltó a la luz invertida de la madrugada.

Luego llegarían las prisas, la procesión fluida y un punto acelerada, las bullas que se concentraban en las esquinas y las explanadas. Pero lo que tenía que haber sucedido, pasó. Y ese momento, reverso del memento mori de Mañara, se grabó como una plancha de Rembrandt en el aguafuerte de la retina. Y ahí se quedará para ese siempre que ante la visión de la Madre y ante la mano que nos devuelve al umbral de la gracia, no tiene fecha de caducidad.
Se perdió la Virgen en una penumbra que formaba sutilmente las curvas y tenues bambalinas que se le han añadido al palio. El manto de los Montpensier, donado cuando los duques ya habían entregado sus almas a Dios: María Luisa, al del pueblo y la tradición; Antonio, al volteriano que se queda en la trigonometría de la Razón. Manto manriqueño como las coplas del poeta que veía la vida en el río, y el mar en la muerte. Flores de lis que nos llevan a la condesa de París que le da el apellido a Villamanrique. Todo era antiguo y nuevo al mismo tiempo. Como el sudor de los almonteños y las lágrimas interiores de los que no le perdían la cara a la Madre.

Un tapiz vegetal recortó el campo y lo puso de pie en la fachada de Triana. Olor a Corpus y eucaliptos. A lo lejos, la inexplicable cercanía de esta Virgen que es de Almonte y del universo. Sobran las rencillas y los corrillos de aldea. El suave susurro de la Salve envolvió a la Madre en un silencio de memoria y tamboril. En el Real, todos fuimos reales. Verdaderos y matrices. Hijos de la misma Madre.

Francisco Robles

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