Altar de qunario de la Exaltación en Santa Catalina / RECHI
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Tiempo de cultos

«El tiempo de cultos es justo y necesario si las cofradías quieren ser algo más que asociaciones de aficionados aburridos de lo cotidiano que buscan, como ahora se llama eso, experiencias»
Por  0:27 h.

Cuando este número de Pasión en Sevilla vea la luz atemperada de los kioscos, febrero habrá pisado las calles que ya han olvidado el reflejo de las luminarias navideñas. Mes de tránsito donde los haya, el más corto del año en cuanto a los días que se suceden en su almanaque. Y con fama de loco por los continuos cambios en los cielos luminosos o nublados, por las repentinas lluvias que luego se quedan en nada, como un enfado a destiempo. Así es este febrero que este año no desembocará en el marzo esperado.

Ni siquiera lo rozará la Cuaresma. En blanco. Y en morado, o en burdeos, o en el negro penitencial que se adivina en la lontananza. Porque febrero está marcado en el calendario sentimental de la ciudad como el mes de los cultos. Se estirará la luz fría, buscará el calor de una tarde que nos anunciará lo que está por venir, y en el interior de los templos crecerán los altares destinados a rendirle gloria a Quien la creó. Febrero es mes de quinarios y de sermones, de palabras desgranadas en el aire gélido de una iglesia mudéjar, de horas pausadas y acompasadas a ese bullir oculto que se llama la espera.

El tiempo de cultos es justo y necesario si las cofradías quieren ser algo más que asociaciones de aficionados aburridos de lo cotidiano que buscan, como ahora se llama eso, experiencias. El culto y la caridad son los ejes sobre los que gira el carro de la hermandad. Sin el uno falla el otro, y viceversa. Cuando todo se deja a la banalidad de lo externo, la fiesta se resquebraja. De ahí la necesidad de fijarnos en esos cultos que se suceden en el rosario de los días durante este mes de incienso frío, de palabras que intentan horadar la roca en que algunas veces se convierte el corazón, de recuerdos que están ligados a los febreros de la infancia, cuando todo parecía eterno y lo bueno siempre estaba por llegar. Tiempo de cultos, de tramoyas barrocas para darle grandeza al mensaje, de reflexión sobre el espíritu que debe animar -que viene de ánima, o sea, de alma- esta liturgia que va más allá de una celebración anual y callejera. Tiempo de belleza y de esplendor, de recogimiento espiritual, de pensar en el que no tiene, o en el que no está. Febrero es mucho más rico de lo que algunos piensan. Porque en la ciudad de Sevilla vivimos en ese tiempo sin tiempo que se alimenta de las vísperas y de la nostalgia. Huimos del presente, porque ese cuchillo de las horas puede clavarse en el hoyo de las agujas que le dan la vuelta al ruedo mortal de los relojes. Febrero es tiempo de cultos. Pasión en Sevilla no podía quedarse atrás. Ni al lado. Así que venga de frente…

Francisco Robles

Francisco Robles

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