Julio Cuesta Domínguez / RAÚL DOBLADO
NODO

Tres cuartos al pregonero

«Su palabra sonará fuerte y honda, porque él es así. Sin molestar a nadie, que para eso tiene todos los doctorados del mundo en el difícil arte de guardar las medias distancias en Sevilla»
Por  8:39 h.

El peor de los tópicos que padece Sevilla es el que han forjado los que van de antisevillanos por la vida. Son esos siesos que se las dan de progresistas cuando no van más allá de las cuatro ideas fijadas sobre una ciudad que les viene demasiado grande. En su fuero interno -si salieran de su ensimismamiento narcisista lo comprenderían todo- creen que un pregonero de la Semana Santa es un rancio, un casposo, un reaccionario anclado en esa tradición que ellos desconocen porque no se han molestado en echarle un simple vistazo. Luego viene Julio Cuesta, doctor en Sociología y periodista que llevó las riendas de la comunicación de la Expo 92, y el mito se les cae sin que ellos lo reconozcan. ¡Qué le vamos a hacer!

Julio Cuesta es un renacentista por muy barroca que sea la Semana Santa que ama de verdad, por dentro, sin postureo ni fariseísmo capillita. Julio Cuesta siempre ha estado en la vanguardia de los tiempos que corren, llevando esa Fundación Cruzcampo donde nos recibe con los grifos abiertos. Ya hemos dicho que fue una pieza clave en la Expo, lo más moderno que le ha pasado a Sevilla en el tiempo que nos ha tocado vivir. Y eso no es óbice para que viva profundamente la Semana Santa que estructura y vertebra la ciudad en su fondo más noble, en el cimiento que le da el ser: en el mundo de los afectos. A Julio Cuesta es imposible odiarlo por una sencilla razón: porque quien lo conoce no tiene más remedio que quererlo.

Su nombramiento como pregonero ha sido un acierto si el Consejo de Cofradías buscaba un sevillano comprometido con la mejor Semana Santa, la que se asienta en la fe, la esperanza y la caridad, la que va más allá de las modas y del frikismo que imperan en buena parte de sus aficionados. Ahí está uno de los males que aquejan a esta fiesta, cuya crisis no se ve porque la bulla es como la capa que todo lo tapa. La Semana Santa se ha convertido, para muchos de los que se dedican a grabarla con el móvil o a escuchar la banda de turno mientras no mira a la imagen ni de refilón, en una afición, en un hobby, en una manera de matar el tiempo durante todo el año.

Bienvenido sea al atril -expresión rancia donde las haya- este empresario y periodista, este sociólogo que lo mismo te habla de los resortes que mueven la sociedad americana, que lleva un farol junto a Dios cuando se echa a la calle en el Corpus. Tradición y modernidad van unidas de la mano de este sevillano ejemplar que no es un ejemplar de sevillanito experto en la ojaneta de la Barqueta. Su palabra sonará fuerte y honda, porque él es así. Sin molestar a nadie, que para eso tiene todos los doctorados del mundo en el difícil arte de guardar las medias distancias en Sevilla. Escucharemos su pregón con atención porque tiene muchas cosas que decirnos. Y luego nos tomaremos una cerveza a su salud. Siempre es sano brindar por alguien a quien se admira y se quiere. Y si encima el botellín lleva el Gambrinus a la vista, entonces regresaremos al Viacrucis que es el alfa de esta fiesta que nos une en ese lugar del afecto y la compañía que está por La Cruz del Campo…

Francisco Robles

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