Pepe Hidalgo, el tambor de la Centuria Macarena
No Do

Uno de los míos

Por  0:44 h.

Recuerdo que el aire estaba tibio y oscuro, la Virgen del Rosario había salido en ese avance del otoño que no puede despegarse del verano, y el barrio de San Gil hervía. Sonaba la plata vieja de las cornetas que nos llevan de la mano hasta el paraíso inmaculado de la infancia. Un redoble de tambor viejo como la llanura de Borges, como el ronco latido del tiempo que no deja de avanzar ni de volver. Entonces se acercó aquel hombre recio y sonriente, macareno hasta el tuétano de la voz que lanzó un dardo que aún duele en el corazón.

-Vamos a tocar en tu pregón, ¿y sabes por qué lo vamos a hacer? Porque eres uno de los nuestros.

Ese título de hidalguía nos lo concedió, hace más de diez años, el maestro Hidalgo. Al lado del Arco. Delante de la Basílica donde una vez me atreví a soltar las amarras que me atan las manos de la timidez. Aquella noche de marzo, la Sentencia de Cristo se hizo tambor y corneta, bajó desde el coro y me puso un nudo en la garganta del que aún no me he podido librar. Allí arriba estaba Hidalgo, concediéndome un honor que no me correspondía, porque yo no soy nadie. Pero era, ¡ay!, uno de los vuestros, queridos armaos que me lleváis de la mano hasta mi madre en las madrugadas del esplendor que viví, con ella, junto al paso marcial y misterioso que se quedó grabado a fuego en mi memoria.

Dicen que Hidalgo ha muerto, pero eso es mentira. Cuando se fundan el Jueves y el Viernes en la fragua que le saca esquirlas de emoción al pellizco de la Centuria, su tambor volverá a sonar en el redoble inmortal de la Semana Santa. Porque esta fiesta es eso, el regreso al patio que Dios nos puso por delante para que creyéramos en la inocencia, en esa virtud que es la que adorna la frente pura del Sentenciado. Hidalgo estará allí, en el atrio del recuerdo y de la lágrima que derramarán los añafiles cortantes que abrirán la herida que solo puede cicatrizar La Que Viene Detrás.

Hidalgo ha emprendido la última salida cuando el mes de Julio César buscaba al de Augusto. Se ha ido con el silencio del verano, reverso de los ecos que dejan en los muros del Hospital de las Cinco Llagas los sones de arte y ensayo que derrama su Centurias en los meses de la lluvia y de los fríos que encogen el alma. Hidalgo era mucho más que un director de banda. Hidalgo era, y seguirá siéndolo en la piel del tambor del repeluco, la música de los niños, el sonido que retumba en la bóveda del Panteón donde el Gran Poder lo esperaba para disfrutar con el único redoble que el Señor ha escuchado en sus madrugadas de silencios minerales que congelan las pupilas del alma.

Se ha ido Hidalgo al encuentro con la Virgen que le da nombre al barrio y sentido a la vida. No le harán falta credenciales ni salvoconductos. La que saldrá a su encuentro lo dejará claro. Y lo dirá en el dialecto macareno que viene directamente del latín. Entonces entrará en la Basílica donde el tiempo no existe. Y lo hará por el Arco Triunfal de la Esperanza, que dará la orden que lo libra de la muerte.

Francisco Robles

Francisco Robles

Francisco Robles

Últimas noticias deFrancisco Robles (Ver todo)