La Virgen de la Amargura en el besamanos de 2019 / RECHI

Cuando la Amargura se va

Por  1:00 h.

Lejos suena un clamoreo
de campanas…
Arrecia el repiqueteo
de la lluvia en las ventanas.
Fantástico labrador,
vuelvo a mis campos. ¡Señor,
cuánto te bendecirán
los sembradores del pan!
Señor, ¿no es tu lluvia ley,
en los campos que ara el buey,
y en los palacios del rey?
¡Oh, agua buena, deja vida
en tu huida!
¡Oh, tú, que vas gota a gota,
fuente a fuente y río a río,
como este tiempo de hastío
corriendo a la mar remota,
con cuanto quiere nacer,
cuanto espera
florecer
al sol de la primavera,
sé piadosa,
que mañana
serás espiga temprana,
prado verde, carne rosa,
y más: razón y locura
y amargura
de querer y no poder
creer, creer y creer!

(Antonio Machado)

Noviembre marca el equinoccio entre lo que se fue y lo que no ha llegado. Cuando ella baja, cambia el tiempo. La ciudad pisa los charcos, agua bendita que bautizó al poeta donde habita la Amargura. Las tardes son más cortas. Un repeluco: vienen los fríos. Todo está oscuro en sus ojos, que son el reflejo del cielo novembrino de la tristeza. Ha bajado a despedirse porque todo está cumplido. Por sus manos pasan los niños, pasan los padres, pasan los jóvenes, pasan los veteranos… que son el olmo viejo hendido por el rayo del recuerdo. Pasan los que se estrenan, pasan los que están, pasan los que se fueron y los que están por venir.

Un beso y un adiós. Se va. Y en este tiempo de espera, la amargura tornará en soledad, la última etapa del duelo. Habrá un serio retrato en la pared del hogar de la tristeza. Tic-tac del reloj. Todos callaremos. Y sucederá esa angustia fatiga de esperar desesperado la sed de la amargura del tiempo envenenado. Tiene lágrimas negras como la vida y el rostro hastiado por el hollín del fuego que le quemó la encarnadura.

Una fenda le atraviesa el alma, que se hace más profunda en el invierno. ¿Cuál es el color de la Amargura? ¿Es el negro de este noviembre que nos deja o es el blanco inmaculado del diciembre que espera? La Amargura es asimétrica, pura contradicción, un oxímoron. Está entre lo acibarado y lo dulce, entre la luz y la oscuridad. Es una tiniebla brillante. Una soledad sonora. Es el silencio blanco. Es una antítesis, un disparate y una paradoja: cuando la amargura se va, no queda nada, sólo vacío.

Ya lo escribió Machado en la amargura de la distancia: «Dice la esperanza: un día/ la verás, si bien esperas./ Dice la desesperanza: /sólo tu amargura es ella./ Late, corazón… No todo /se lo ha tragado la tierra». Volverá, cuando haya nacido un año nuevo. Noviembre siempre pasa para los de San Juan de la Palma. La resina habrá sanado las heridas de la ausencia. Cuando regrese, ya no habrá humo que tape el misterio de su dulce amargura. Volveremos al templo donde habita el recuerdo con la penúltima luna del invierno.

Nacerá una nueva vida en los albores del entretiempo, justo cuando una cruz de ceniza nos recuerde que somos polvo y que en eso nos convertiremos. La vida y la muerte. Equinoccio. Soplará el viento achubascado, y entre nublado y nublado, hay otros de cielo añil. Agua y sol. Ya se oscurece el campo, ya se ilumina. Abril. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla