La capilla del Sagrario del Gran Poder, en una imagen de archivo
La capilla del Sagrario del Gran Poder, en una imagen de archivo
CARDO MÁXIMO

A prueba de fuego

Son los riesgos de basar la fe exclusivamente en la emoción, cuando deja de ser muleta ancilar de la razón
Por  0:13 h.

Atemorizado se hace muy cuesta arriba vivir. Y en la lógica -y hasta comprensible- reacción al conato de incendio en la capilla sacramental de la basílica del Gran Poder ha habido mucho de temores. Puede que tan fundados como exagerados. Con tantos testimonios de martirio de la Iglesia perseguida en tantos puntos calientes del planeta, prestar una desmedida atención a un paño de altar chamuscado por la acción de un pirado puede llegar a ser una frivolidad. «No tengáis miedo», dijo el papa San Juan Pablo II en su alocución más recordada, porque el temor agarrota el espíritu y agranda los riesgos. Entre el comunicado del Consejo de Cofradías que tilda de «absurdo el ataque de un individuo que desprecia el fervor que acoge este templo» -cuando es todo lo contrario, que el templo está elegido precisamente por el fervor que despierta- y el de la archidiócesis relatando con la mayor naturalidad una llamada del arzobispo al rector del templo y al hermano mayor de la hermandad para recabar novedades, me quedo con el de monseñor Asenjo. Si nada o muy poco ha pasado, no hay por qué agrandarlo gratuitamente.

Creo no arriesgarme a arder yo mismo en la pira de la indignación capillitil si digo que, desde el punto de vista teológico, el sagrario de la capilla sacramental donde se prendió el fuego está por encima de cualquier talla, una imagen instrumental cuyo fin último es mover a los fieles a la devoción. La presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo prevalece sobre la representación iconográfica, que no deja de ser un elemento vicario. Por muy grande que sea el amor que sus devotos profesan a la figura, por muy grande que sea la calidad artística y por muy directa que sea la apelación emocional que desata en quienes la contemplan. Son los riesgos de basar la fe exclusivamente en la emoción, cuando deja de ser muleta ancilar de la razón para convertirse en el propio centro de la devoción.

En ese sentido, como en tantos otros, tenemos tanto que aprender de nuestros mayores… Ellos tenían una relación mucho más estrecha con las imágenes devocionales, pero a la vez mucho más natural y espontánea, alejada de la sofisticación que ahora preside la manera en que los devotos las contemplan. La suya era una fe no a prueba de fuego, sino probada en el fuego. En evitación de males mayores, quizá bastaría un turno voluntario de vela ante el sagrario de los hermanos de esas corporaciones que tienen entre sus títulos precisamente el de sacramental. Pero preferimos sacar copias escaneadas con láser, telones cortafuegos, cristales blindados y personal uniformado como se puede ver… en cualquier museo.

El virus del artificio amenaza desde dentro el cuerpo de la Semana Santa, que ha resistido tantas vicisitudes durante tanto tiempo. «No tengáis miedo», convendría repetir instintivamente cuanto mayor sea la tribulación cofradiera.

Javier Rubio

Javier Rubio

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