Regreso del Hijo Pródigo de Murillo donde aparece uno de sus perros
EN CUARENTENA

Alegría

Por  7:59 h.

Como es domingo de Laetare, concedámonos una alegría en medio del rigor cuaresmal. La alegría del padre misericordioso (hijo pródigo para los despistados) cuya parábola se proclama en el Evangelio de hoy. «Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado», le reprocha dulcemente al hermano mayor, quejoso de la fiesta en honor de ese capirotero que acude de año en año y dilapida su antigüedad en la hermandad sin aparecer por allí más que el día de la salida y una semana antes para retirar la papeleta de sitio.

¡Y qué de hermanos mayores, sin serlo, hay en nuestras cofradías! Esos hermanos mayores molestos con quien pide la manigueta delantera a la que le da derecho su número en la corporación; hermanos mayores que miran por encima del hombro a quienes se quedan callados cuando se canta la «Salve Regina» en latín; hermanos mayores que se creen con más derechos porque han limpiado plata de jóvenes o han arrimado bancos del templo para hacer sitio a las parihuelas; hermanos mayores permanentemente enojados con el capataz porque manda andar mucho o porque anda poco; hermanos mayores enfadados con el grupo joven que se olvidó de apilar las sillas; hermanos mayores siempre enfurruñados que miran con desprecio a los que no echan nada en el cepillo; hermanos mayores avinagrados que van con el cuento a la junta de gobierno para que se les tenga sólo a ellos en consideración, a ellos, tan respetables que no dan escándalos ni hacen oposición en los cabildos ni buscan bronca con los costaleros mientras los otros…

Pero la parábola del padre misericordioso habla de la alegría sincera del corazón cuando el hermano perdido vuelve al hogar paternal. Aunque se haya llevado años sin aparecer por la hermandad o aunque haya pedido la insignia más codiciada. Es la alegría del reencuentro, el júbilo que provoca abrazarlo después de tanto tiempo, la emoción de vivir la hermandad como un regalo, un don de Dios para acercarse a los más alejados o los más tibios o los más indiferentes y hacerles sentir que es en su honor la gran fiesta de la ciudad. La fiesta de la alegría.

Javier Rubio

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