Nazarenos de San Bernardo sobre el puente al paso del tranvía/ P. Le Tellier
CARDO MÁXIMO

Inapelables

Me resisto a encajonar el pensamiento en un determinismo para el que no existe redención posible
Por  15:15 h.

Lo primero que sentí el martes, cuando saltó el articulito de marras de la consejera de Igualdad escrito un lustro atrás, fue lástima. Me dio mucha pena leer esas descalificaciones de trazo grueso hechas con tanta displicencia como desprecio. Siento defraudar a los que querrían que en esta columna se extendiera una condena por decir algunas cosas que yo mismo podría haber dicho -o pensado, sin decir- hace un puñado de años (desde luego, sin el odio destilado que sólo me inspira compasión). Y aquí estoy: soy el mismo por fuera, aunque por dentro vaya otra procesión (nunca mejor dicho). La semana pasada he aprendido a hacer silencio y no es cosa de tirar por la borda todo lo que se me ha concedido gratuitamente.

Sin duda, el artículo está repleto de disparates y escrito desde el desconocimiento profundo, pero también esa visión debe servirnos de enseñanza. En una sociedad cultural y tradicionalmente católica, sus argumentos a brochazos rechinan pero, lejos de tomarlos como una afrenta, deberíamos tomarlos como un acicate. En otro contexto, sin la carga de la tradición pesando sobre nuestras espaldas para lo bueno y para lo malo, encendería las alarmas. Con todas las salvedades que se quieran hacer a la exactitud del texto, así nos ve determinada gente y sería bueno pararse a pensar cómo cambiar la realidad que alienta esa apreciación antes que rasgarse las vestiduras.

Cada vez me confieso más alérgico a los juicios inapelables. Quizá porque sólo espero uno ante el que no cabe recurso de apelación y aun en éste, tendremos como eximente completa la misericordia. Me resisto a encajonar el pensamiento en el determinismo al que nos quieren empujar, según el cual las actitudes, las opiniones y los comportamientos están fijados de antemano y no hay redención posible. Como si no hubiera la más mínima posibilidad de enmendar los errores del pasado y saltar por encima de las contradicciones propias.

La misma pena que sentí al leer el artículo de la consejera Rocío Ruiz la he experimentado una y otra vez estos días en que se ha contrapuesto la asistencia a misa en prisión de Miguel Carcaño con el horrendo crimen que cometió, la sarta de mentiras que profirió desde el primer momento y el desprecio por el dolor de esa familia destrozada. Como si el crimen del pasado le imposibilitara para experimentar la redención del futuro. No hablo de reinserción legal ni del Código Penal sino de arrepentimiento y conversión morales.

Quién soy yo para conocer lo que se mueve por el alma de semejante tipejo y menos aun, si ha habido sincera contrición de sus pecados. Quién soy yo para criticar algo de lo que ya se ha retractado su autora. Ni siquiera soy nadie para juzgar a los que, muy en su derecho, emiten juicios inapelables.

Javier Rubio

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