El presidente del Consejo flanqueado por el delegado diocesano de Hermandades y el delegado de la Madrugada
CARDO MÁXIMO

Lástima

Cada aficionado al fútbol guarda un seleccionador como cada sevillano lleva dentro un delegado de la Madrugada
Por  0:45 h.

Lo fácil sería despotricar de unos y de otros. Encampanarse muy dignamente y proclamar con la mayor de las solemnidades que en el vodevil de la Madrugada, con ribetes de ópera bufa, nadie se salva. Subirse al podio y declarar de forma jactanciosa que nosotros habríamos resuelto el problema de los cruces y los horarios en un santiamén. Y a continuación improvisar -exactamente con la misma banalidad con que se manejan los protagonistas- una solución que no dejaría contento a nadie. Cada aficionado al fútbol guarda en su fuero interno un seleccionador nacional como cada sevillano lleva dentro de sí un delegado de la Madrugada que tiene clarísimo lo que habría que hacer; naturalmente, con el mayor de los desparpajos, pero sin importarle lo más mínimo las consecuencias. Eso sería lo sencillo.

Lo obvio sería aparentar ese desdén conmiserativo de quien se siente por encima de los problemas. Confesar que no se está al tanto o que se desconocen los detalles para darse pábulo de que nuestra atención está puesta en el batacazo de la Bolsa o la arribada de los refugiados a las costas griegas para marcar distancias: la misma que pone la audiencia con la telebasura cuando proclama su adhesión incondicional a los documentales de animalitos salvajes. Pero entonces alguien tendrá que haber leído las páginas y páginas que llevamos publicados los periódicos y alguien habrá tenido que compartir las piezas y piezas que se han movido por internet y alguien habrá escuchado las entrevistas radiofónicas y los vídeos con los planes y las alternativas para evitar el colapso de las seis cofradías que se llevan dados… alguien habrá seguido todo este asunto con inusitado interés por mucho que ahora todos nos las demos de exquisitos y nos confesemos aburridos y hastiados de un pasillo de comedias que ya ha dejado de tener maldita la gracia. Eso sería lo evidente.

Qué fácil es detectar la paja en el ojo ajeno cuando enfrente se tiene a unos pobres hombres en medio del huracán, convertidos en el hazmerreír de media ciudad criticona dispuesta a señalar sus muchos defectos sin la menor caridad cristiana. Habrán cometido todos los errores, habrán desempeñado el cargo sin legitimidad para hacerlo, se habrán equivocado al enrocarse asustados de los chuzos que les llovían de punta, habrán tropezado no dos sino todas las veces que se quiera en la misma piedra, pero aun así son dignos de pena.

¿Nadie va a mostrar una pizca de misericordia con los responsables del Consejo de Cofradías ahora que tanto se pregona esa cualidad y hasta se ganan indulgencias en las basílicas de la ciudad? ¿A nadie le inspiran un átomo de compasión los defectos del prójimo que la Santa Madre Iglesia conmina a sufrir con resignación cristiana? ¿Nadie se va a apiadar de ellos por muy mal que lo hayan hecho? ¡Qué lástima! No de ellos, sino de nosotros mismos.

Javier Rubio

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