El pregonero agradece al público la ovación / JUAN FLORES
CARDO MÁXIMO

Lo nunca visto

«Faltaba por ver al auditorio puesto en pie batiendo palmas con versos al Miércoles Santo rematados en ¡San Martín! »
Por  1:11 h.

En cuestión de pregones, uno creía haberlo visto todo en tantos años de profesión desde que el público del Maestranza se arrancó a aplaudir al inolvidable cura Javierre con aquella coplilla al paseo alegórico del Santo Entierro: «Canina guapa, Canina cuánto te quiero, pero qué faltita te hace un platito de puchero». Otro tanto pasó con la monumental amiga catalana de Carlos Herrera con la que medio auditorio –la otra mitad era público femenino con la mosca detrás de la oreja– quería hacerse el encontradizo en los palcos. Pero faltaba por ver lo del domingo. Así, sin medias tintas. Faltaba ver el patio de butacas puesto en pie batiendo palmas y no ante la invocación de una de las tres advocaciones mayores de nuestra Semana Santa (Cachorro, Gran Poder y Macarena, alfa y omega de Sevilla) sino con unos versos dedicados al Miércoles Santo que remataban en ¡San Martín!

¿Desde cuándo se jalea eso en el pregón? Desde que lo ha ha dado Rafa Serna; también así, sin medias tintas. Se podrá alegar que las rimas y los metros no hurgaban en honduras poéticas o que el atrevimiento de las metáforas imposibles de imaginar brillaba por su ausencia, pero nadie podrá negar la ola de energía que desató en el Maestraza y, por lo que dijeron después, saltó las ondas hertzianas.

Por jalear, se jaleaban hasta los nombres de los difuntos, con un óle flamenco de quien está esperando que rompa el quejío. Y el público, entregado como nunca uno había visto, lo esperaba en cada frase con el mismo apasionamiento del que está convencido que a la faena del matador de toros aún le falta una tanda de muletazos superior a la anterior. Y el pregonero, en el centro del redondel donde los toros aprietan, iba y la daba y la remataba con un pase de pecho. El respetable se restregaba los ojos.

Cuando sonó la Marcha Real nada más hacer la primera levantá del texto por el padre muerto y el teatro saltó como un resorte, nos convencimos de que íbamos a adentrarnos en el territorio de lo nunca visto. Y lo mismo daba apostrofar al Señor de la Sentencia como quien habla con un conocido acodados en la barra de Vizcaíno que interpelar a la madre para que, aliviado el luto del padre, le vuelva a planchar la túnica. El público, enardecido como sólo se enardecen los convencidos de verdad, se dejaba las manos incluso ante frases tan discutibles como que «para ser sevillano, sólo hay que ser buen cristiano».

El magnetismo en el auditorio era contagioso. La autenticidad lo había logrado. Tanto que se transmitió al almuerzo en honor del pregonero, donde uno iba de sorpresa en sorpresa: un alcalde socialista que se confesaba con mucha elegancia creyente al que aplaudían a rabiar las fuerzas vivas del mundo capillitil yun arzobispo al que daban ovación de vuelta al ruedo cuando decía que un misterio de cada rosario que había rezado lo había aplicado por el pregonero y su mujer. Y elogios unánimes por todos lados: triunfo rotundo sin medias tintas. Eso, lo nunca visto.

Javier Rubio

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