La Esperanza de Triana por el puente / J. M. SERRANO
La Esperanza de Triana por el puente / J. M. SERRANO
CARDO MÁXIMO

Qué menos que Esperanza

Hoy sale a la calle. Bajo palio. Porque sale cada día a socorrer a los desesperados
Por  0:25 h.

Qué otra cosa nos queda cuando la noche negra ha devorado hasta las luces de las estrellas, qué soplo de aire como una bocanada inunda los pulmones de quien se está ahogando, qué agua más dulce puede haber para el sediento que siente la garganta reseca, ¿qué hay más allá de las propias fuerzas, de los propios límites, de uno mismo cuando ya no da más de sí que la esperanza? Capitana del arrabal, grumete encaramado a la cofa siempre oteando el horizonte donde atisbar el puerto seguro, piloto de nuestros naufragios individuales y colectivos, almirante de una mar océana verde y morada que se bebe el río grande lo mismo que el mar se traga el caudal de las torrenteras, Esperanza de Triana.

Hoy sale a la calle. Bajo palio. Porque la Esperanza sale cada día a recorrer la ciudad. Yo la he visto andando esta semana por el barrio de Ibarburu en Dos Hermanas a cuerpo gentil, hablando de tú a tú a los desesperados de los que nadie se acuerda. Y por los pasillos del hospital donde el médico mandaba repetir por tres veces la misma prueba cuando la zozobra de la incertidumbre mordía los tobillos de sus familiares angustiados. Y por la plaza del Duque en pos de un trabajo con el que olvidarse de las penurias que llevan nombre de niña con pocos años. Hoy sale bajo palio arropada por su gente, los trianeros como remos vivientes empujando la nao capitana hasta el muelle de la Verdad al son del cómitre que dio por tres veces con la rodilla en tierra. Galeotes de la Esperanza surcando adversidades, con mar arbolada y olas como castillos. Tripulación marineando por los obenques para hinchar las velas de la ilusión cuando todo lo demás se da por perdido. Esos marineros que nunca arrían la esperanza por muy de frente que soplen los malos vientos. Gente brava que pelea cada día por llevarla sobre sus hombros.

Qué menos que Esperanza. Qué menos que ese último aliento del moribundo, el destello lejano que se divisa en mitad de la noche oscura, el aire húmedo que refresca el sofoco, el rayo de sol en mitad de la tormenta, la nube generosa que riega en medio de la sequía. Qué menos que Esperanza para repartir a los hombres que no la conocen, los que ya se han dado por rendidos, los que han bajado los brazos, los que se dejan llevar por la corriente sin bracear, los que ya no pueden más. Qué menos que los visite la Esperanza y los anime, los sane y los envuelva en su manto protector, bajo el que nunca se está a la intemperie. Esperanza con nombre de madre amantísima. Esperanza con el color del río que besa sus plantas en la calle Pureza. Esperanza que nunca falte. Aunque el gobernalle de la vida se haya roto y vaya el barco a la deriva. ¿Qué otra cosa podemos dar que Esperanza?

Javier Rubio

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