Señor del Gran poder con la túnica morada lisa de terciopelo / JAVIER COMAS
Señor del Gran poder con la túnica morada lisa de terciopelo / JAVIER COMAS
En Cuarentena

Señor

Por  8:59 h.

Esta serie de prédicas cuaresmales de papel llega hoy a su fin. Dentro de una semana será Domingo de Ramos. Y volverás a vestir, a lo largo de la Semana Santa, la túnica de tu hermandad. Puede que incluso ya la hayas vestido. Es tu consagración de cada primavera, sin música de Stravinski. Al Señor le consagras lo más importante que tienes en tu vida. Le presentas tu familia, que viene contigo para cumplir la estación de penitencia: físicamente como cuando eras un chaval que necesitaba zamparse el bocadillo a la salida de la Catedral o espiritualmente, ahora que eres adulto y no necesitas más compañía que la suya.

Al Señor le dedicas tu tiempo. Las horas de recorrido, las que dicte el programa del Consejo de Cofradías, ya sea andando o ya sea parado, desde que salga la cruz de guía hasta que entre el preste: tu tiempo, el día de la estación de penitencia, sólo es para el Señor, no tienes nada mejor que hacer que acompañar su paso o el de su bendita Madre por las calles.

Al Señor le dedicas tu trabajo. Todo el trabajo que supone montar la cofradía, organizar los tramos, retranquear los pasos, colocar las flores, montar el altar de cultos y el de insignias. Los costaleros, además, le dedican su esfuerzo físico, ese derroche de energía bajo las trabajaderas para que el paso ande. Y también el trabajo cotidiano en la oficina o en el tajo, con esa estampita del quinario siempre a mano.

Al Señor le dedicas tu dinero. Las cuotas de la hermandad que has tenido que pagar de golpe para ponerte al día y sacar la papeleta de sitio al límite del plazo; el donativo para las flores; el mapa con el que se va sufragando la candelería del palio; el centímetro cuadrado del nuevo manto de terciopelo al que se van a pasar los viejos bordados; el sobre para la bolsa de caridad con el billete que sólo tú y tu Padre, que ve en lo oculto, sabéis de qué color es; hasta el cubierto de la comida de hermandad. Todo eso ha salido de tu bolsillo.

Sin darte cuenta, lo has hecho Señor de tu vida. Le has consagrado tu tiempo, tu trabajo y tu dinero. Hazlo Señor de tu vida entera, no sólo de un día al año, para que puedas cantar jubiloso el salmo de hoy: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres».

Javier Rubio

Javier Rubio

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