Contraluz del Cristo de la Conversión en el Vía Crucis de las cofradías / RAÚL DOBLADO
CARDO MÁXIMO

Todo cambia

No parecía tarde de Cuaresma sino de Pascua. De mayo marceado más que de marzo mayeado
Por  0:02 h.

Hacía tarde de Domingo de Ramos, más que de primer lunes de Cuaresma. Estaba todo dispuesto como sólo la ciudad culta y refinada sabe hacerlo: el sol, en lo alto; la gente, la justa; los hermanos, de oscuro; la consejera de Cultura, en su sitio; la cruz, enhiesta; el calor, asomando en los escotes y las mangas cortas; los detalles, cuidados; la escolanía, cantando y el incienso, ascendiendo; los fotógrafos, como un enjambre al unísono; las flores, fragantes; la gubia, en el frontal; la luz, desparramándose por la calle San Pablo; y la ciudad, a lo suyo. Como otros lunes de Cuaresma, como tantas veces, como siempre. Pero como nunca. No parecía tarde de Cuaresma sino de Pascua. De mayo marceado más que de marzo mayeado. De día grande de barrio más que de escondido paseo aristocrático, con ese aire inconfundible que le imprimieron los duques de Montpensier. El Vía Crucis del Consejo de Cofradías hacía justicia a una talla imprescindible de la Semana Santa que el turnismo de politiqueo barato había relegado incomprensiblemente. Los hermanos de Montserrat se lo habían tomado en serio. Olvidados los agravios, con la humildad de quien sabe estar en su sitio, habían planeado un traslado excepcional porque es la primera vez que se portaba un crucificado en vertical, hincado el astil en un cajillo del que sobresalía una cuña basta para asegurar que la talla no cimbreaba en absoluto. Aquello debía de pesar más de la cuenta, porque los portadores resoplaban bajo las andas, aplastados por las varas en las que los costaleros del paso cogían kilos como sólo ellos saben.

Pero todo era distinto. Siempre es distinto. Porque aunque no cambie el paisaje, aunque el Cristo de la Conversión nos contemple desde sus casi cuatro siglos de hechura, aunque las piedras de la Catedral sean las mismas desde hace centenares de años y la historia se haya asentado como una pátina que lo cubre todo, nosotros no somos los mismos y lo vemos todo de otro modo, con otros ojos nuevos. Por más que estén cansados, por más que la mirada se haya gastado después de tantas veces como ha pasado la vida por delante. Por más que los rezos se hayan degradado y el ambiente se haya relajado, todo está por empezar otra vez. Y no somos más que ese instante en que la procesión, breve pero solemne, pasa ante nosotros. No somos más que esa mirada encandilada en dirección a Triana con los rayos de sol jugando al cortahílos con la imagen poderosa del Cristo que reclama mudanza de vida. No somos nada más que el momento que vivimos, esperanzados -eso sí- con seguir viviendo después. Todo cambia y nuestros años se acaban como un suspiro. Todo es fugaz como esa fracción de segundo en que nuestra mirada se cruza con la del Cristo de la Conversión.

Javier Rubio

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