Antonio López Delgado, el capataz más antiguo de Sevilla / J. A. BANDERA

La sonrisa de bronce

Hoy se cumple un año de la muerte de Antonio López Delgado, el decano de los capataces de Sevilla
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Dicen que la verdad padece pero no perece. Palabras selladas con el amor de Santa Teresa de Jesús pero firmadas por cualquier hombre bueno que no deja sentido a la duda, que es reflejo del amor otorgado a sus más cercanos desde la sonrisa más pura y verdadera que el sol del tiempo dio a sus ojos. Desde hace un año, la ciudad vive huérfana de una única y rotunda verdad donde la Semana Santa daba escapatoria a personas que dignificaban el oficio del capataz, que convertían el aplauso fácil en una lección de humildad tallada en la madera de un imponente canasto  o en el abrazo a un costalero. Los hijos que fue dejando en el tiempo hoy le rinden un homenaje constante a la persona que fue capaz de levantar su vida, como un paso se eleva al cielo sobre cuatro zancos de madera y el peso de sus devociones. Fuerza en la nobleza escrita en palabras calé que en San Román cobijó el tiempo, espinas y susurros bajo respiraderos que veían al «López» como el mesías de la alegría, la mejor guía para llegar a Dios a golpe de bulería cantada por los ángeles. Hoy miras desde el cielo a los que un día quisieron seguirte en la vida, tu familia menciona tu nombre día a día como llama incombustible que no cesa a pesar de la lluvia que no deja de caer en cada cielo de febrero.

De negro te vieron cantar hablando a un cristo muerto, crucificado, en Sábado Santo… De negro fue el traje que te pusieron sus costaleros para que fueras capataz de la sinceridad en cada Madrugá. Casi ocho décadas amando a una ciudad que hoy sigue añorando tu retirada, amigo. Amor por San Antonio Abad, que desde la Trinidad hasta el Cerro vertebró una vida con casa en Pureza 80. Patrona del oficio más bello y castigado que en devociones alcanzan recompensas. A Madre de Dios bien supiste querer hasta pegar su nombre en los labios de quien te seguía, en las enseñanzas de los Rechi que en el cielo te recibieron para entregarte el martillo más bello jamás tocado.

Amigo Antonio, ayúdame a firmar una entrevista donde se que compartes mesa en una taberna junto a Rafael Franco o Borrero. ¿Recuerdas cuando arrimó tu mano al palio de la Virgen de la Salud para quetocaras un martillo por primera vez? Sé que ahora visitas con asiduidad al maestro Villanueva para abrazarte a todos tus compañeros que en cada cofradía de la Madrugá dejaste esperando tu llegada. Aseguro que entre mesas de madera y tizas apuntas tus anécdotas entre sonrisas de Ariza, el Penitente, Domingo Rojas o Bejarano. Que tu patrona tiene una casa de oro en el cielo donde tú eres el mejor anfitrión y, entre azulejos y mostradores, reúnes a los grandes de una revolución, a veces muy maltratada. Sonríes cuando vez llegar a tu amigo «El boli» para fundiros en un abrazo con el sabor de los mejores años junto a tus devociones. Triana traslada su fiesta ahí arriba. La casa de los capataces tiene desde el año pasado un nuevo huésped que en el suelo añoran las trabajaderas. El arte que de genes solo nace alegra a cada hermano que Madre de Dios recibe en su camarín del cielo de hermandad pura, nacida en torno al abrazo de hombres de fe con madera desgastada y rostros sinceros.

La pureza ya vive en el mejor de los lugares, la alegría ya no entiende de fronteras si en la tierra dejaste la mejor herencia de amor conocida. Dijo Einstein que si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia déjasela al sastre. La sencillez irrepetible de un genio. Elegancia labrada en el tiempo bajo tu sonrisa de bronce.

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