EN CUARENTENA

Los capirotes de Paco Robles

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Su antifaz tiene los ojales más grandes en la cofradía del gremio de contadores de Sevilla. Paco Robles ha vuelto a hacerle leal competencia al comercio tradicional del cartón y la badana fabricando capirotes de literatura a la medida de la fauna cofrade de la ciudad de la gracia y de su guasa. Por eso va a colgar esta noche en el Mercantil una sábana como la de la Puerta de Carmona para anunciar que, veinte años después de sus «Tontos de capirote», llega una nueva remesa de personajes a tomarse medidas para dar la exacta del tiempo que nos ha tocado vivir.

Paco Robles se ha fijado ahora en los frikis, pero su libro no debe colocarse en la estantería del humor cofrade porque es un tratado sociológico cuyo primer ejemplar debería guardarse en una cápsula del tiempo para que generaciones futuras sepan por qué ocurrió la glaciación que terminó con lo que un día se llamó la Semana Santa de Sevilla cuando no sea ni tan santa ni tan de Sevilla. Los catastrofistas reivindicamos nuestro capirote.

Robles es un búho inquieto. Tiene siempre la antorcha encendida, como el sayón del misterio de los Panaderos, para ver lo trascendente en lo cotidiano. Retratista, inconformista, perspicaz y con retranca… Su obra comienza por reírse de sí mismo en su ranciedumbre declarada. Y, sin embargo, su mirada a los acontecimientos es tan fija como la de ese nazareno de ruan que en el misterio de la Madrugada se queda con tu cara, te escanea y te acongoja sacando de las entrañas un miedo infantil inconfesable. Robles tiene en los ojos dos TAC del Virgen del Rocío a doble turno para detectar los tumores benignos de la ciudad que ama.

Cuando lean su escaparate de frikis de capirote, digno del de las Siete Puertas, sonrían pero sin olvidar su mensaje profundo sobre cómo lo sentimental eclipsa poco a poco lo devocional.

Por eso Paco no tardes veinte años para otra salida extraordinaria. No te quedes en la parejita. Ve pidiendo cartón, que Sevilla no te va a defraudar. Sigue haciendo cartuchos mientras la muy olvidadiza ciudad te llame hambrienta de tu voz para que le despaches el cuarto y mitad de pedacitos de gozo que necesita el adobo de tu primavera en el atril que te mereces. Con tu fina ironía ya sabrás que con la metáfora ripiosa del papel aceitoso de este artículo solo pretendo sacar papeleta de sitio en la alcaicería de tus capirotes.

Juan José Borrero

Juan José Borrero

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