Pintada callejera / ANTONIO SÁNCHEZ CARRASCO

35 procesiones y un concierto

Por  0:34 h.

Año 1758. Se conoce en la historia de España como “el año sin rey”. Ocupaba el trono Fernando VI, hijo de Felipe V que había llegado con dificultades al trono y que perdía aquel año a su esposa. Pasó de ser el “Rey Prudente” a convertirse en un ser melancólico sumido en una profunda depresión, olvidándose por completo de todas sus obligaciones como monarca. Aquel año 1758 se publicaba la Guía de Forasteros de Sevilla, evidencia de la llegada a la ciudad de numerosos extranjeros, a pesar de la pérdida del monopolio comercial y a pesar de la pérdida de la Casa de la Contratación. Algo tendría Sevilla. En esta Guía de forasteros se hablaba de la gran devoción de la Sevilla del momento, la práctica y rezo del rosario público por sus calles. Un acto religioso que comenzaba en los templos y que seguía en la calle, con concurridas procesiones que duraban “más de dos horas porque los paternóster y avemarías se dicen cantados en tonos gravísimos y muy agradables al oído, que ha inventado cada parroquia o cuadrilla”. La mencionada guía daba un dato espectacular de procesiones para aquel año: nada menos que 81 rosarios de hombres, otro más de carácter infantil y hasta 47 de mujeres. Nada menos que 129 rosarios a lo largo del año, con su correspondiente procesión, estandarte, salida al amanecer, cánticos, faroles, varas, cruces y acompañamientos varios. No había iglesia, parroquia o convento que no tuviera su propia procesión del rosario, un culto que arrastraba un soterrado duelo de intereses y de luchas de poder, desde el sentir popular de los hermanos de la Virgen de la Alegría a los intereses por monopolizar la devoción de dominicos o capuchinos, pasando por los intentos de la autoridad civil de controlar el orden público en unas procesiones que acabaron atrayendo no sólo a devotos. Procesiones como puntos de encuentro social, un motivo para salir a la calle a horas intempestivas e intereses de protagonismo particulares, aspectos que provocaron en muchas ocasiones más de un enfrentamiento por cuestiones de tránsito por determinados lugares o por preeminencias y prerrogativas, llegándose a situaciones extremas de acabar “a farolazos” entre miembros de diferentes cortejos. A “farolazos”, como en un rosario de la aurora.

Año 2019. Último fin de semana de mayo, el mes de la feria que era de abril. Tiempo de Pastora de Capuchinos o de procesión en Nervión pero, elecciones y calendarios extremos como causantes, también de procesiones salesianas, de glorias de centro y de barrio, y de muchas, muchísimas cruces de mayo. Calor de julio. La guía de forasteros empedernidos que entregan en el apartamento turístico anuncia la presencia de hasta 35 procesiones por las calles de la ciudad, amén de recordar los cortes de tráfico que provocarán los desfiles de las Fuerzas Armadas y los horarios de acceso al concierto de Alejandro Sanz. La ciudad es una procesión continua. El forastero prepara las chanclas para los paseos durante su estancia, aquí no hay playa, ni ahora ni en tiempos de María Trifulca, pero da lo mismo. Recuerda algo que leyó sobre la ciudad donde nada es lo que parece, donde “todo es necesidad y ninguno la tiene”.  Y pasea. Le parece ver desfilar a hombres vestidos de soldado y cree ver a otros jugando a los soldaditos. Se encuentra pasitos que parecen pasos y costaleros que imitan a niños pero que son adultos, a señores uniformados de negro, caiga quien caiga, pero que dan gritos muy serios a través de unas rejillas de anea o enea, que si la izquierda adelante o la derecha atrás. Algo parecido escucha a unos asamblearios que se concentran bajo el sol de unas setas a la plancha. No llevan cruces, pero sí unos estandartes raros. Todos con su correspondiente coche de policía cortando el tráfico. Generación LOGSE donde todos tienen los mismos derechos.  Hay bandas de música por todas partes. Unas van detrás de esos pasitos que son pasos, otras detrás de un palio que no lleva Virgen, otras detrás de unos guardias de gala que parecen miembros de agrupaciones musicales que parecen guardias civiles, y otras son charangas que van detrás de unas señoras con bandas rosas sobre el uniforme de pornochachas. No llevan imágenes, pero sí a una señora coronada vestida de cuero negro y tacones de pasarela. Y, casi en cueros, las acompañantes. Sin solución de continuidad ha escuchado una marcha militar, un Cantemos al amor de los Amores en voces de sesentañeras que aparentan los cuarenta, un Cristo del Amor a la corneta y un parahacerbienelamorhayqueveniralsur versionado por la charanga de Uranga.  Y hasta un Paquito Chocolatero.

El turismo y La Misión / ANTONIO SÁNCHEZ CARRASCO

Confundido, el forastero ha llegado al concierto de Alejandro Sanz. Lleva en sus retinas imágenes de gran devoción y tradiciones de siglos, pero también costumbres de antes de ayer y seudocostumbres de hoy por la mañana. Disfruta con el concierto, pero mezcla en su subsconciente lo vivido y lo escuchado. El artista encadena sus éxitos uno tras otro y el forastero disfruta con una de sus canciones favoritas. Se atreve a cantarla “No es lo mismo arte que hartar. No es lo mismo la tradición que la invención. No es lo mismo la sacramental que la penitencial. No es lo mismo la infancia real que la infancia impostada. No es lo mismo la emoción que la sobreactuación. No es lo mismo sentir que fingir. No es lo mismo la Virgen de ayer que la devoción inventada de hoy. No es lo mismo sentir que imponer. No es lo mismo el tambor que la tamborrada. No es lo mismo Cuaresma que mayo, ni mayo es junio, ni junio es agosto. No son lo mismo las Glorias que las glorias mundanas. No es lo mismo el niño que adulto. No es lo mismo cantar a su Divina Majestad que los cánticos a las reinonas que despiden soltería. No es lo mismo Sevilla que Magaluf ni su casco urbano es Marina Dor, aunque lo parezca.  No es lo mismo. Que sepas que hay gente que trata de confundirnos, pero tenemos corazón que no es igual. Lo sentimos, es distinto”.

Suda extenuado. Bebe agua. A pocos metros de distancia, un fan anónimo ha reprendido entre el público al confundido forastero:

¡A ver si nos aprendemos las letras de las canciones…!

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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