Un nazareno de los Javieres / JOSÉ ANTONIO ZAMORA
Un nazareno de los Javieres / JOSÉ ANTONIO ZAMORA

Distopía de Martes Santo

«Y España, como ilustre fregona, siempre lavando los platos. El nazareno, una vez más, ha vuelto a lavarlos después de una jornada agotadora. No habrá cronista para contarlo. Mater mea culpa»
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Asusta pensar cuántas cosas se escapan a nuestro control. En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante, o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante y ganas. O no lo hace, y pierdes. (Match Point, Woody Allen)

Madrugada de miércoles. Santo. Del año 2019. El nazareno de negro emprende el camino a casa por el camino más corto. No lleva reloj, las reglas no lo permiten, pero calcula que pasan ya muchos minutos de las tres en los relojes de la ciudad. Fríos los pies cansados y desnudos, piensa en silencio que no son horas. Para nada. En la calle Feria, otros cofrades vecinos han esperado pacientemente para poder comenzar a adornar sus pasos. La calle está fría y helado el corazón del nazareno. Regresa solo, con el único consuelo de haber cumplido su estación de penitencia. Porque él, así lo siente, y sus hermanos de cofradía y de día son los únicos que han cumplido en una jornada catastrófica. Así lo piensa también un nazareno de blanco con cruz trinitaria en el pecho que todavía no ha entrado en el templo y así lo medita otro nazareno del Cerro camino a su casa que, en año de estreno, ha sufrido una jornada eterna de eternos parones.

Meses y meses con la pelota lanzada de un lugar a otro. Hacia adelante, hacia atrás. Victoria del Consejo, victoria de las cofradías de la jornada. Y el juez de silla lavándose las manos en bandeja de plata. Un partido equivocado. Unos intereses televisivos. Y hasta un público que sabe mirar la pelota hacia un lado, pero no hacia el otro. Y el tenis se juega en dos campos a los que hay que saber mirar. Aunque algunos sólo sepan mirar de la Campana a la Catedral.

Madrugada ya del miércoles. Los nazarenos del martes meditan el desastre real que no reconocerá la Sevilla oficial. En el Cerro han sufrido un enorme parón del que ya advirtieron, en la Universidad una auténtica eternidad con las filas comprimidas sin andar, y en San Esteban un sentimiento de pelele autómata al que se le hace correr durante un tiempo y al que después se ralentiza su marcha de forma obscena, será porque hay turistas a los que contentar. Quién sabe. El parón lo han sufrido también los nazarenos de la Candelaria y los de San Benito, y los de Santa Cruz han llegado a pensar en si podrían salir viendo que la ciudad era una pescadilla de la autocomplacencia que se ha mordido la cola durante toda una jornada. Blancos, negros, colorados o azules. Que más da, si la Semana Santa siempre ha sido interracial. Todos se acuerdan de tanta negociación, de tanto telepregonero, de tanto articulista jugador de estrategia, de tanta posición oficial en entidades y en medios de comunicación, de tanto postureo de dirigentes y mandatarios que no supieron prever la realidad. Les importó más su parcelita de poder, su parcelita de opinión, su terrenito que abonar, su imagen que conservar. Que más da. La pelota aquí, la pelota allá. Y al final se impuso la cordura, decían.

El nazareno de negro camina en la madrugada del miércoles. Por su mente pasa la celebración de los que defendían la vuelta a la normalidad, al sentido único hacia la Catedral, a la mirada unidireccional a las cofradías de los que no entienden que en la historia de la Semana Santa siempre hubo excepciones, días con otros sentidos y un único sentido que es la Imagen. Pero ellos se preocupaban más por la suya propia y por mantener un supuesto orden que “siempre fue así”. Siempre es palabra que no existe en la semana Santa salvo para aludir a la eternidad de Dios. El resto, son vanidades mundanas. Y hoy, Miércoles Santo ya de 2019, han triunfado. Punto de juego para la Sevilla oficial. La real ha quedado en blanco. No habrá periodistas en las cerradas redacciones que recojan el sufrimiento de los nazarenos de una jornada que todavía no ha acabado. Ellos ya han escrito sus crónicas oficiales. Ya han redactado titulares indicando el regreso a la normalidad y al orden lógico del día. Ya han nombrado vencedor y han fortalecido al Consejo que impuso. Ya han sentenciado a los dirigentes que no supieron llegar al acuerdo. Ya han proclamado la verdad oficial de que el día deberá mejorar, pero que las aguas han vuelto a su cauce. Las pupilas acomodadas de la carrera oficial celebran no tener que mirar en una dirección que no les gusta, en unas horas que afectan a sus ritos no escritos de café, bocadillo y bolsa de basura oficial mal empleada en su silla. Sevilla es así y siempre ha sido así, pregonan en la barra del bar.

Nadie hablará de nosotros, piensa el nazareno de regreso, un nazareno que es uno y son miles. Ha sufrido la incompetencia de unos y de otros, y hasta la equidistancia de los que temen la implicación. ¿Para qué este sufrimiento si el año pasado se encontró una posible solución? Venían a igualar y a mejorar, y todo ha empeorado. Aunque se contará sólo a medias. Los mareos, los abandonos, las aglomeraciones, el peligro de algunos cruces, las multitudes encajonadas o el cansancio infinito no saldrán en los titulares de la prensa. Niños que han prometido no volver a salir de acólitos y mayores que se lo pensarán durante mucho tiempo. Da igual. Se volverá a hablar de Tetuán, de Sierpes, de Campana o de Sagasta… El nazareno piensa en la España de la Restauración, la del regreso a una oficialidad basada en la corrupción, en la incompetencia de unos dirigentes que juegan un eterno partido de tenis en el que tienen asegurada la alternancia. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas se reparten la comida. Y España, como ilustre fregona, siempre lavando los platos. El nazareno, una vez más, ha vuelto a lavarlos después de una jornada agotadora. No habrá cronista para contarlo. Mater mea culpa.

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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