Quinario de la Soledad de San Lorenzo / M. J. RODRÍGUEZ RECHI
EN CUARENTENA

75 años

«Lleva escrito su nombre pero en su corazón también incluye el de su hermano mayor que hace muchos años que falta y con el que entró en la hermandad de su nuevo barrio»
Por  0:03 h.

¿Son muchos 75 años? Si cuentan los años de una hermandad, no. Si lo que miden es la vida de sus hermanos, estamos hablando de otra cosa; y si lo que marcan son los años de antigüedad… entonces ya sí que son palabras mayores.

Los números en las cofradías son un patrimonio personal íntimo, un tesoro exclusivo que muestra la devoción y el cariño y por eso tiene un valor especial. Es difícil, casi imposible, medir el amor y el número en las hermandades es lo único que conozco que puede hacerlo. Hay quien defiende que es sólo cuestión de calendario pero no es cierto. El calendario influye, claro, pero no es suficiente.
Hay a quien lo apuntaron de chico en una hermandad y se borró de adolescente; hay quien se hizo hermano de una corporación al conocer al hombre o a la mujer de su vida; hay quien jura en una cofradía por compromiso con alguno de sus miembros, o hay quien se mudó de barrio y encontró allí a la devoción que lo ha acompañado toda su vida.

Ahora acaba de cumplir 75 años en la cofradía según reza en el cuadro que le han entregado en la Función Principal entre aplausos, con la emoción a flor de piel y rodeado de su familia. Lleva escrito su nombre pero en su corazón también incluye el de su hermano mayor que hace muchos años que falta y con el que entró en la hermandad de su nuevo barrio. Bajo el manto de una Virgen sencilla, tranquila, en una cofradía sin alharacas como es él mismo y como es su familia.

Los dos abrieron en aquel momento un camino que probablemente no podían ni sospechar pero que fue el inicio de una saga que ahora podría conformar hasta dos tramos de la cofradía —y eso que son muy largos—.

Le habría gustado compartir esa jornada con la que mejor se entendía pero ha visto sus ojos y su sonrisa en los rostros de sus hijos y de sus nietos que lo han acompañado.

Claro que ha tenido el privilegio de ver cómo su herencia daba frutos, y de comprobar cómo su patrimonio más preciado no se entrega ante notario. Hay que saborearlo poco a poco todas las cuaresmas, todas las semanasantas y todas las estaciones de penitencias. Y sabe muy dulce, a pestiño y a torrija de convento del barrio; sabe a la casa familiar, a bacalao y a las sardinas a la moruna.

Stella Benot

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