La calle Alcaicería un día de Cuaresma / J. M. SERRANO
EN CUARENTENA

Los signos

Por  0:07 h.

La Cuaresma ha estado cargada de signos externos desde los inicios del cristianismo siguiendo fielmente la tradición judía. Ya no se estila ir demacrado por la calle mostrando el ayuno que se hace (¿se hace ayuno? ¿y vigilia?), ni siquiera se ven ya esos hábitos morados que utilizaban no hace tanto las mujeres que iban los viernes a ver al Señor. Pero los signos siguen siendo importantes. El boato barroco de nuestras cofradías, hasta para trasladar en parihuelas a una imagen de un lugar a otro de la iglesia, son el ejemplo. Gastamos en incienso, en flores y en cera en una Cuaresma lo suficiente como para mantener todo el año un gremio que se habría extinguido de otra manera. Y eso que las amenazas externas son muy fuertes. Ahora que todo se mercantiliza, la cocina de Cuaresma se ha convertido en un atractivo más para los turistas: bacalao con tomate, pavías, espinacas con garbanzos… Ya no es un símbolo de penitencia sino un motivo más para que los guiris vengan a Sevilla. Los cofrades siguen, inasequibles al desaliento, revistiendo este tiempo de un carácter especial lleno de vía crucis, de ritos y de costumbres que impresionan hasta al más veterano.

También en la Cuaresma lo más importante es lo que no se ve. En estos días vienen a Sevilla muchos sacerdotes de toda España y de diverso rango. Predican los cultos de las cofradías y se van encandilados con el valor de los laicos en la Iglesia sevillana, una de las más vivas de Europa. Y hay algunos, no todos desgraciadamente, que son ellos los que encandilan a los cofrades. En contra de la costumbre, cogen el sobre del estipendio con una mano y, con la otra, lo entregan a los diputados de caridad… añadiendo, además, una generosa propina. Hay algunos, no todos desgraciadamente, que se costean ellos mismos su viaje hasta Sevilla desde su lugar de residencia, aunque esté en la otra punta de España. Hay algunos, no todos desgraciadamente, que declinan la invitación en un hotel para alojarse en la Casa Sacerdotal, en casa de algún familiar o de algún compañero de seminario que vive en Sevilla. Hay algunos, no todos desgraciadamente, que dan un testimonio tan valioso que va mucho más allá de las palabras, más o menos acertadas, que pronuncian en la homilía.

Stella Benot

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