San Bernardo el Miércoles Santo. Foto: J. M. Serrano
El Cristo de la Salud de San Bernardo por su barrio / ABC

Primer golpe. Desacostumbrar

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Un sacerdote joven, párroco en una barriada de gente humilde comentaba no hace mucho sobre el bajón de fieles en las misas que había provocado la pandemia. Uno puede llegar a pensar que se trata de algo lógico por la limitación del aforo o el temor de los fieles, sobre todo los mayores por contagiarse. Pero el cura te rebate la deducción. Cuenta que le contaron sus feligresas que se habían acostumbrado a ver la misa por la televisión y que le resultaba mucho más cómodo que arreglarse y bajar a la iglesia. El ser humano tiene una tendencia natural quedarse en la comodidad en todos los aspectos de la vida. Desde que se inventó la lavadora automática, ya no hay nadie que lave a mano.

Desacostumbrarse es lo peor que le puede pasar a la Semana Santa. Si el año que viene, o los siguientes en la ciudad no hay ni rastro de la celebración y lo que se convoque sea para el consumo interno se corre el riesgo de que cuando vuelva todo no sea nada como antes. Porque más allá del culto o la estación de penitencia la mayor función de la Semana Santa es acercar la religión a las miles de personas que solo tienen este momento al año para conectar con ella aunque sea de manera superficial. De ese público también hay que acordarse porque si no la tan pregonada Jerusalén de occidente -¿No le decían así a Sevilla?- se va a quedar simplemente en una especie de Marina D’or, ciudad de procesiones.

José Cretario

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