Funeral de Luis Álvarez Duarte en la capilla de Las Aguas / RAÚL DOBLADO

Primer golpe. «He ahí tu padre»

Por  2:21 h.

Ayer la Virgen de Guadalupe no sabía si su llanto era por ser la Madre o por ser la hija. Allí estaba en su eterno suspiro ante el hombre que le dio vida siendo solo un chaval que soñaba con ser imaginero mientras modelaba figuras de barro entre los aromas de las huertas de San José Obrero. Hoy domingo, las gubias de su taller recién afiladas por Melo y los trabajos sin terminar – un San José, un crucificado y dos vírgenes sin policromar- están como los dejó hace una semana cuando su hija lo encontró desvanecido. Un hospital, y otro, y vuelta al primer hospital cercano a su casa para expirar el viernes, como lo hizo hace dos milenios su Cristo de la Sed. Sí la Virgen de Guadalupe a pesarde cumplir años, nunca pasaba de los 18, Luís con 70 era un chaval lleno de inquietudes. Todo se pega. A los hombres y mujeres cotidianos no se les suele analizar con perspectiva para dimensionarlos, pero solo con tomar distancia vemos que nos encontramos ante uno de los imagineros claves de la historia.

Bebió de Buiza, de Eslava, de Barbero y de Santos pero creó modelos iconográficos que fueron semilla para las nuevas generaciones de imagineros. Sin ir más lejos, la ponderada escuela cordobesa nace de él. Con los años se convirtió en un maestro en el arte de policromar. En eso no le ganaba nadie. Ni antes ni a partir de ahora ya que gracias a su condición de donante su piel seguirá policromando vidas incluso después de su muerte.

Pero probablemente la mayor aportación de Álvarez Duarte al mundo de las Artes de Andalucía fue la dignificación del trabajo de imaginero. Luís conoció como Castillo Lastrucci murió en la indigencia. El Gran Poder le tuvo que encargar un Niño Jesús, no porque lo necesitara sino para que el viejo maestro, en su tramo final, tuviera un trabajo con el que ganar algún dinero. Luís conoció a Ortega Bru viviendo y durmiendo en una especie de zulo mientras que bordadores, orfebres, tallistas, o floristas tenían una casa en elcampo. Se paga bien un manto pero para una imagen siempre se regatea. Se acabó. Esa dignificación le dio fama, dinero y clientes como los Reyes de España, duques y duquesas, Lola Flores, Lolita, Pablo Blanco, Marisol, y todo un elenco de Vip’s con quienes Álvarez Duarte se codeaba.

Encontró el amor de Nani en Almería, donde se le venera. Y a sus sueños – su hija y su casa de Gines- siempre les puso Guadalupe. Su hermandad de Las Aguas preparó un funeral sobrio pero de categoría. Allí estaban sus hermanos mayores del Cachorro, la Sed y el Polígono, el emérito Manolo Román o Juan Borrero y Paquili; sus discípulos Ventura y Ramos Corona; gente venida de muchos rincones de España. Todos vieron a una Virgen de Guadalupe de luto y turbada que abrigó con la mejor de sus tocas el ataúd del maestro. El cuerpo que estaba ante sus ojos era, como hombre, el de un hijo pero a la vez a la vez resultaba que también era el de su padre.

José Cretario

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