La Soledad de San Lorenzo se marcha por la calle Sierpes / JAVIER COMAS
CINCUENTA AÑOS DE LA MUERTE DE JOAQUÍN ROMERO MURUBE

Alma y cuerpo de Sevilla

«La ciudad nos lo insinúa constantemente, sólo dejándolo entrever, como invitándonos a seguir la pista que lleva a descifrar el enigma de la razón última de su secreto encanto»
Por  0:10 h.

¿Dónde está el secreto del misterio de Sevilla? ¿Cuál es la causa de que esta ciudad posea ese prodigioso don que el ingenio popular definió utilizando una palabra enigmática –embrujo– y que hace a tantos caer rendidos ante ella? Sobre este misterio desde antiguo se viene especulando; dando palos de ciego en medio de la oscuridad más absoluta. La oscuridad que envuelve el porqué de la claridad de Sevilla.

En la desconcertada búsqueda de la llave que desvela este secreto la mente recurre en primera instancia a la belleza arrebatadora de sus monumentos, del nemoroso encanto de sus jardines, del ameno ambiente de sus calles, de su luz inefable… pero Sevilla siempre da la sensación de ser algo más, otra cosa; algo que se intuye pero no se ve. Más allá de las evidencias que avalan su fama, el verdadero misterio de Sevilla, todavía sin desvelar, lo presentimos a cada paso. Un misterio que reside en el poder casi mágico que la ciudad posee para sorprender mediante gestos casi imperceptibles, pequeños detalles, mensajes sutiles a través de los cuales se puede acceder al intrincado secreto de su más preciada esencia; a lo de verdad importante. La ciudad nos lo insinúa constantemente, sólo dejándolo entrever, como invitándonos a seguir la pista que lleva a descifrar el enigma de la razón última de su secreto encanto. Y esto, sin dejar de ser una sensación o precisamente por eso, es algo tan evidente como intangible. Se percibe, flota en el ambiente, se siente, sí, pero, ¿qué es? Muchos son los que han tratado de buscar esa respuesta en vano. Y muchos también los que creyeron haberla encontrado. Si dieron en verdad con ella o no sólo la ciudad lo sabe; porque es la ciudad, la misma Sevilla, quien acaba revelando a quien sabe mirar para verlo y sentir para apreciarlo –o sea, a quien se lo merece– ese mundo interior que preserva para sí y donde guarda, celosa, el misterio de su enigmático y arrebatador encanto. Uno de los privilegiados que lograron acceder a ese secreto fue Joaquín Romero Murube. Sus escritos, sus poemas, su palabra, así lo ponen de manifiesto.

La plaza de San Lorenzo, vacía, en la madrugada del 1 de enero / J. M. SERRANO

También el hecho de que muchos no lo entendieran. Ni en su tiempo ni ahora, aunque ahora todos lo alaben como se alaba a todos los muertos. O a casi todos. Escritor inmenso, de Joaquín Romero Murube llegó a decir Federico García Lorca que era el mejor poeta de Sevilla. La Sevilla donde habían nacido Machado o Cernuda, que todavía vivían entonces, ahí es nada. Fue seguramente esa sensibilidad que el de Fuentevaqueros apreció en él para otorgarle tan descomunal título, la que permitió a Joaquín Romero Murube acceder al intrincado laberinto donde Sevilla oculta su alma. Fue allí sin duda donde descubrió el resplandor de la vira de oro que cada mes de marzo alumbra el camino a Jesús Nazareno o la melancolía que va dejando tras de sí el paso de la Soledad de San Lorenzo. Esa alma de Sevilla que sus ojos vieron se aprecia también en los versos del poema que más apreciaba de cuantos escribió, en la Kasida de la Gloria, donde nos habla de la delicia, el silencio, las luces, la risa, la tristeza dulcísima de un afán inefable, que no lo dice pero se llama Sevilla. Y porque fue capaz de encontrar su alma, Joaquín se empeñó tanto en que se preservara su cuerpo, su fisonomía, sus trazas, sus cielos, para que siguieran siendo el sagrario donde la ciudad guardara su hermoso misterio. No fue así. O no lo fue del todo. Porque aunque  siempre haya habido y vaya a haber quien pretenda vendérsela al diablo, el alma de Sevilla –ese afán inefable del que hablaba Joaquín– es –también lo dijo en sus versos– ‘más que vida y que muerte’; es un misterio inexplicable; el milagro de sentir la
eternidad en una brisa que pasa.