Altar con flores en la puerta de San Juan de la Palma el Domingo de Ramos de 2020 / J.M. SERRANO

El año que no vivimos

«Porque todos llegaremos a cruzar la última orilla contando un año menos en nuestras vidas, sintiendo el vacío que en nuestra alma dejó esta Semana Santa que no existió o para la que no existimos, que tanto monta; porque aunque nominalmente se celebrase, este año no hubo Semana Santa»
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Seguramente jamás sabremos con certeza cuántas vidas se habrá llevado por delante la calamidad apocalíptica del Covid-19 cuando al fin cese en su mortífera razzia. Como nunca se supo a cuántos mató la peste bubónica que asoló Sevilla durante estos mismos meses del año 1649. Saber que nunca lo sabremos es precisamente lo que nos sitúa ante la dimensión real de estos dramas que trascienden a la tragedia puntual que comportan. Tanto la de 1649 como ésta son algo más que epidemias. Son el principio del fin de algo. No es el pico de la pandemia, es el punto de inflexión que la tragedia habrá marcado en la historia. Una tragedia para la que definitivamente no estábamos preparados. Y no sólo, desde luego, en cuestión de pertrechos sanitarios; no lo estábamos, sobre todo, desde el punto de vista psicológico, moral y cultural. No estábamos preparados para que una plaga medieval nos diezmase, para tener que clausurar nuestras ciudades y encerrarnos en casa muertos de miedo porque la Ciencia -oh la Gaya Ciencia- no tenía forma de hacerle frente. ‘Vamos a derrotar al virus’, se oía decir a nuestros voluntariosos políticos, cuando lo de derrotar un virus es hoy por hoy algo tan imposible como colonizar Saturno. En la Guerra de los Mundos, de H.G. Wells,  los virus son precisa y paradójicamente quienes salvan al ser humano de una invasión alienígena. En realidad son sus primas las bacterias, pero para el caso es lo mismo. ‘Vamos a derrotar al virus’, pero si todavía no habéis descubierto cómo curar el resfriado… En efecto, el soberbio ser humano con esto ya no contaba. El hombre creía estar a un cuarto de hora de certificar empíricamente la inexistencia de Dios, de cuya necesidad prescindió hacía tiempo, y hasta alguno que pasó por divulgador -ahora ya, inevitablemente, charlatán- profetizaba la inminente catalogación de la muerte como un acontecimiento opcional. La muerte, el supremo tránsito, compartiendo categoría en la rutina cotidiana con la distribución del piso, la tapicería del coche o el color del jersey. Triunfaba el relativismo en la mente de un ser minúsculo que volvía a creerse el centro del universo, pero entonces llegó otro ser más minúsculo todavía y lo puso en su sitio miles de muertos después. Sucede que entre esos muertos lo estamos un poco todos. Porque todos llegaremos a cruzar la última orilla contando un año menos en nuestras vidas, sintiendo el vacío que en nuestra alma dejó esta Semana Santa que no existió o para la que no existimos, que tanto monta; porque aunque nominalmente se celebrase, este año no hubo Semana Santa. Y no la hubo porque no hubo en Sevilla nadie que pudiera vivirla más allá de la memoria y el corazón, que no son más que formas virtuales e imaginarias, no reales, de vivir los acontecimientos. Nos faltaron demasiadas cosas.

Nos faltó la ilusión de la túnica planchada, la emoción arrebatada de los pregoneros, la sobrecogedora estampa de los pasos listos en los templos, la alegría del Viernes de Dolores, el estreno de la luz siempre nueva del Domingo de Ramos, la sorpresa del primer nazareno, la congoja por la lluvia que dejaba encerrada la cofradía, el tacto del cirio en la mano, el temblor telúrico que antecede a la Madrugá, la ronda de los armaos, la nostalgia del Viernes Santo, la tristeza del Sábado, la tertulia del lunes… nos faltó, en fin, esa papeleta de sitio que se tenía que haber quedado doblada junto a la túnica manchada de cera tras recogerse la cofradía para dar fe de un año más de nuestras vidas. La papeleta del año que no vivimos; la que no podremos mostrar al barquero antes de subir a bordo para ir al encuentro de los que se fueron antes que nosotros a ese lugar donde descubriremos todas las verdades que este mundo nos oculta.