El color morado de la túnica lisa del Gran Poder vino a saldar una controversia en el seno de la hermandad en referencia a la tonalidad de la vestimenta bordada. Hoy los devotos identifican a la imagen con esta prenda / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN
Las manos del Gran Poder / CÉSAR LÓPEZ HALDÓN

Antología literaria de la Semana Santa: «Las manos del Señor», por Antonio Burgos

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Sevilla estrena hoy el aire, la luz, el sol, la mañana, el viento, el fuego de cera, capirotes y sandalias, y cinturones de esparto, y colores las muchachas, que si Sevilla no estrena, no tiene manos su alma.

Por fin ha llegado el día que todo el año esperabas. Están las sillas dispuestas de Sierpes a la Campana. Están sonando en la torre, esa que llaman Giralda, los repiques que ya anuncian la procesión de las palmas, y han colgado de damasco viejos palcos en la plaza. Para el paso e la Cena trajo Alcalá ya su hogaza. Zaqueo está en su palmera y los niños en la rampa del Salvador corretean como tú correteabas; estrenan zapatos nuevos y estrenan Semana Santa.

Ramas de olivo en las misas, las de Minerva y de Itálica, están repartiendo ahora en La Estrella de Triana, y las reparte San Roque, que es Esperanza con Gracia, y las dan en la Amargura, pues San Juan es de la Palma.

Sevilla llena de olivos, Sevilla llena de palmas, triunfa en Jerusalén la que de Roma triunfara. Por la calle ya se oyen los pregones: «Er pograma…»
Hay gente que va y que viene, madres que túnicas planchan, torrijas de dulcería, son más buenas las de casa; gente que va a ver la Hiniesta por la calle Enladrillada, padres que en El Salvador una borrica señalan, gente que viene de ver a la Paz, con esas ansias que tenemos de que esté la primera en la Campana.
Por la plaza la Gavidia, por donde Daoiz avanza el zapatón que hoy estrena, en bronce, como Dios manda, vienen señores que traen una cinta en la solapa. De memoria me la sé, pues mi padre la llevaba cada Domingo de Ramos: en la memoria es morada. Vas por calle Capuchinas, en las radios suenan marchas que salen por los balcones, saetas anticipadas

Y llegas a San Lorenzo y hay una cola muy larga, que la mira un cardenal desde un retablo, y aguardas. Y esperas mientras escuchas los sonidos que proclaman nuestra mejor primavera: pájaros, niños, campanas, el reloj que da las doce, leyenda de emparedadas. Y te fijas en la gente que va saliendo; sus caras son tan serias que te dicen que allí dentro es que algo pasa, al Señor en besamanos lo han visto de cara.

Sigue la cola avanzando bajo naranjos, que plata serán el jueves de noche, en cuanto la luna salga. Y ya lo ves a lo lejos, Señor de manos atadas, túnica de terciopelo, camisa blanca y planchada, camisa que es de torero, porque puede y porque manda. Los que estaban esperando ahora la puerta traspasan, y buscan ese rincón para ver qué es lo que pasa. La gente besa sus manos, de oro un cordón las amarra, manos que mueven el mundo, manos que templan y paran el dolor, los grandes males, apuros y malas rachas, las mentiras que se quedan y las verdades que pasan.

Te fijas que las mujeres al Señor van y le hablan. Él está allí, tan humano, que hasta parece escucharlas, que está de pie aquí en Sevilla, sus dos pies ¡qué bien los planta! Y una madre le decía, aún escuchas sus palabras:

«Muchos años, Hijo mío, tus manos quiero besarlas». Que venga la Teología y rompa aquí la baraja, que las madres llaman Hijo al Padre del sol y el agua; todas le cogen las manos como a un hijo que se marcha a unos trabajos muy grandes o a unas tierras muy lejanas.

Viendo al Señor se diría que este Señor tiene alma, del modo con que lo miran esas madres sevillanas; del modo con que un hermano, silencio hasta en la mirada, le va limpiando esas manos con una telita blanca. Son manos que han trabajado, son manos dignificadas por el dolor de la vida, manos de muelle o de fragua, de tejar, manos del campo, de San Julián o Triana, manos que tanto Poder tienen por la madrugada que pasan por el Postigo y el amanecer levantan.

Y es que Dios, por primavera, cada año viene a esta plaza para enseñarle sus manos a aquel que quiera besarlas y ver que Dios tiene manos, tiene unas manos humanas… Y es porque Sevilla estrena, para Él, Semana Santa.

Sevilla en blanco y negro

Encantamiento, por Joseph Peyré

Peyré escribió «La Pasión según Sevilla» en el año 1953 para contarle a sus paisanos franceses la Semana Santa. Es un libro escrito en francés que aglutina una acertadísima descripción de la Fiesta, impropia de un extranjero.

Todavía me parece, después del regreso de la Soledad en su soledad, encontrarme a mí mismo por Amor de Dios, que se abre sobre el halo de las farolas de la Alameda. Al final de la última noche, el extranjero habla a menudo de cansancio. Pero, sin duda, lo repito, se ha quedado clavado en su silla de Sierpes o en la Plaza de San Francisco, siguiendo la sucesión de los desfiles como tantos oleajes monótonos, y cuyo espíritu y particularidades se olvidan. Para alejar esta monotonía fatigosa, sólo hace falta seguir mi consejo: ir a buscar las procesiones, atraparlas a la salida de sus santuarios, acompm1arlas en sus momentos cumbre, o sorprender las en sus secretos en sus barrios, en su retorno. Después de una Semana Santa así concebida, no habréis, ciertamente, realizado lo imposible, que es comulgar con la reacción de los sevillanos, de ellos mismos -puestos que la fiesta está en ellos, procede de su corazón-, pero, por lo menos, habréis tenido la intuición de la verdad. Además, de San Gil a la Plaza de Espm1a, de Triana a San Bernardo, de Santa Clara a los Jardines de Murillo, de San Julián al Baratillo, de San Vicente a la antigua Judería, de los olivares del Aljarafe al antiguo calvario de la Cruz del Campo, pasando por el corazón populoso del Salvador y del Valle, habréis tomado una medida sentimental de Sevilla que una visita en tiempo profano no os hubiese permitido concebir.

Por mi parte, a mi regreso de San Lorenzo, de donde volvía de acompañar a la Soledad, no solamente no me sentía cansado, sino que experimentaba la vacía sorpresa y la indecible tristeza que se apodera entonces de la ciudad y penetra en todas las almas. Ya que, la Semana Santa, no es tan sólo una fiesta sino un auténtico modo de vida, una transfiguración de los días y las noches. Las inquietudes han sido conjuradas y la gente no ha tenido más que una obsesión: no dejar perder ningún instante, ninguna imagen, llevarse el sol que se ha escondido a la entrada de los santuarios, sobre el paso de las Vírgenes y los Cristos, identificarlos, reconocer las maravillas, dejarlos, encontrarlos de nuevo al final de los itinerarios perdidos por tantas travesías oscuras, con un inexplicable placer, encontrar su deslumbramiento en una encrucijada y segui1· su serpiente de fuegos hasta la noche de las naves y de los cirios que se mueren.

De este modo llegamos a un segundo estado, del que he experimentado el poder, y que acaba por sustituir el mundo real por un universo exaltante, donde las imágenes cobran vida, invaden la ciudad, la inducen con ellas hasta la tristeza de la Piedad. Decir que los grandes Cristos y sus Vírgenes frecuentan Sevilla, sus barrios y sus calles, durante seis días y seis noches, es decir poco. Ellos la captan y la hacen pasar al lado de los sueños, o de las realidades divinas. Los elementos de sugestión son fácilmente identificables, empezando por el sonido de un tambor que posee en sí mismo tanto el sol poniente como las tinieblas, ritmo sostenido, obsesionante, y que tiene los efectos de una droga.

Seguidamente, están los poderes del encantamiento, la acción repetida de los motivos y de los lamentos fúnebres y la monotonía de los ritmos y las formas. Tambor, trompetas desgarradoras, silencio del Cristo delante de Herodes y el paso de los centuriones, saetas y gritos de golondrinas sorprendidas, Cristo flagelado, cubierto de injurias y de escupitajos, armado con el cetro de la irrisión, tambor, golpes de martillo del capataz, Cristo abrazan do su cruz y silencio de las campanas, pisadas de pies desnudos y arrastrar de cadenas, Cristo cayendo bajo el peso del madero del suplicio y sobre un campo de lirios violetas de las marismas, tambor, Cristo en la cruz bajo las hojas de los naranjos, a su alrededor los cuatro hachones negros de la muerte, con el olor de sus humaredas, penitentes negros, gemidos de los fagots, murmullo de las plegarias, arrastrar de los pies de los costaleros, órdenes sordas del capataz, sombra del Crucificado sobre el muro de cal de una casa iluminada por la Luna y sobre las flores de acacia, de las rosas blancas y de los lirios, palio deslumbrante, centelleo de estrellas, llama de los cirios blancos, dorados, púrpuras o verdes, encajes, bordados, olor a cera fundida y olor embriagador de incienso, tambor, exaltación de los cobres, saeta de trompeta, gritos lanzados desde el balcón de la noche, eco en la sombra de un patio alumbrado por una lámpara votiva, tambor perfume de los naranjos traído por la brisa del río, reflejo de las iluminaciones en el Guadalquivir, ¿cómo librarse de este encantamiento?

Ha sido tan intenso, tan largamente conducido, tambor, tambor, cruz, Crucificados, Vírgenes de estrellas, filas de capirotes blancos o negros, lentos y porfiados en su largo camino de ultratumba, con las lágrimas de sus cirios, contragolpes, paradas jadeantes, saetas desgarradoras, golpes de manto, reanudaciones acompañadas de sacudidas y el arrastrar de la pena de los costaleros, tambor, instrumentos de metal, tambor. Ha durado tantos largos anocheceres y tantas largas noches que en vano sería pretender librarse de ello en unas pocas horas. De nuevo bajo las tinieblas, las de las callejuelas y de las plazas con los naranjos rendidos a la miseria de este mundo como si los ángeles no hubieran pasado, el oído busca el tambor, el recreo en el batir de su sangre, los ojos se cierran para reencontrar el deslumbramiento de los palios y de las candelerías ardientes. El perfume celeste, aromas, incienso, cirios cálidos, claveles, lirios y rosas, flores de naranjo y de acacia, y ornamentos de iglesia expuestos al rocío del río, este perfume esencial de la Semana Santa, persiste y se pega a nuestros labios como lo hace el olor a sal de la playa en verano. No podréis concebir ninguna otra utilidad para vuestros días, ni ningún otro gusto a la vicia. Con toda la ciudad, giraréis alrededor de no se qué vacío de naufragio. ¿Esperar un año antes de volver a ver los camiones descargar las tablas de los palcos y tribunas, antes de sorprender un paso, con sus figuras bajo fundas blancas, a través de una callejuela?, ¿Un año, antes de ver a la Amargura reaparecer en el umbral de San Juan de la Palma? ¿Esperar un año la vuelta de la fiesta? Toco aquí uno de los secretos de la tristeza de Sevilla, que dura mucho más que la alegría, pero que la primera visión de la Semana Santa es suficiente para conjurar; lo sé por haberlo sufrido yo mismo.