Misterio de San Gonzalo sobre un mar de cabezas en el Puente de Triana / SERRANO
Misterio de San Gonzalo sobre un mar de cabezas en el Puente de Triana / SERRANO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

¿Crisis? ¿Qué crisis?

«Es evidente que la llamada ‘masificación’ resulta incómoda y causa problemas, pero la dichosa masificación, el que haya tantísimo de todo, no habla tanto de crisis como pudiera hacerlo aquel tiempo en el que iban cuatro gatos en las procesiones»
Por  0:20 h.

Desde que el hombre adquirió uso de razón y de ello comenzó a dejar constancia por escrito, no ha hecho otra cosa que quejarse de cómo todo a su alrededor ha ido degenerando. Lo ha hecho en todas las épocas, en todos los idiomas, en todas las culturas. Nada importaba que el avanzar de las ciencias y el progreso social resultaran obvios, cualquier tiempo pasado había sido siempre mejor. Lo dijo el griego Hesíodo, lo dijo Jorge Manrique en las Copas a la muerte de su padre y lo dijo también Cervantes, que se quejó amargamente de la época en la que le tocó vivir; una época a la que, quienes llegaron después, llamaron ‘Siglo de Oro’, por considerarla infinitamente mejor que la suya.

Esta dinámica del permanente lamento humano por lo bueno que se fue y lo malo que llegó, por cómo todo se va estropeando de manera exponencial, a ojos vista y sin remedio, prosigue en cierto modo en nuestros días. Hay, no obstante, un sencillo ejercicio que pone a tan agorero pensamiento en un serio entredicho. Verán. Se trata de hacer memoria y pensar en algún momento anterior de la historia en el que, en términos generales, se haya vivido mejor que ahora. Es cierto que el mundo que nos ha tocado es problemático, está expuesto a serias amenazas y donde no faltan muchos y graves problemas, pero ¿qué mundo anterior fue, en términos generales, mejor que éste? ¿En qué época ha podido vivir el hombre, insisto, en términos generales, mejor que ahora? A mí desde luego no se me ocurre ninguna. Así que lo mismo eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor a lo mejor no es tan cierto. A mí al menos no me lo parece. Esta paradoja se aprecia también en el mundo de las cofradías sevillanas, donde igualmente se oye hablar de degeneración, crisis, decadencia, pérdida de papeles, descenso alarmante de nivel, desconcierto absoluto, de un sinfín, en fin, de síntomas letales que advierten de un colapso inminente, si es que el colapso no ha llegado ya. Ante este discurso, les invito a repetir el mismo ejercicio, pero aplicado a la Semana Santa hispalense, esa que tiene tantos problemas, esa que está en decadencia, esa que está a punto de echarse a perder para siempre. ¿Cuándo ha estado mejor que ahora? La gente se queja de que hay muchos nazarenos, muchos músicos, muchos costaleros, muchas cofradías, mucha gente en la calle viendo todo eso, muchas sillas en la carrera oficial y muchas sillitas fuera de ella. Y es cierto. Nunca antes como ahora ha habido tanto cada una de esas cosas, pero ¿qué quieren? ¿Que haya que volver a pagar a la gente para que salga de costalero e incluso de nazareno como antiguamente era necesario hacer porque había cofradías en las que no salía ni… vamos, que no salía nadie?

Es evidente que la llamada ‘masificación’ resulta incómoda y causa problemas, pero la dichosa masificación, el que haya tantísimo de todo, no habla tanto de crisis como pudiera hacerlo aquel tiempo en el que iban cuatro gatos en las procesiones. En realidad, la masificación de lo que habla es de apogeo, de esplendor, de ebullición. De acuerdo que en ocasiones algunas cosas pueden resultarnos muy desmesuradas, pero qué no lo es cuando atraviesa un momento de culminación. Todo el mundo quiere participar de alguna forma en la celebración, como protagonista anónimo (las dichosas-benditas paradojas sevillanas) o espectador y eso, obvio es, no puede ser malo. La Semana Santa de Sevilla –las cofradías que la hacen posible– lleva años generando obras de arte, puestos de trabajo, iniciativas para conservar y embellecer monumentos, obras sociales de todo tipo y conformando un tejido social del que la ciudad, esta ciudad donde la sociedad civil brilla por su ausencia, debe sentirse orgullosa de ello. Así pues que nadie hable de crisis. Le podrá gustar más o menos lo que ve o lo que hay, pero que la Semana Santa de Sevilla atraviesa el mejor momento que hasta ahora ha vivido, y encima con tendencia a mejorar, es algo que resulta indiscutible. Dicho lo cual, cada vez falta menos para que quien esto escribe coja el portante un Viernes de Dolores y no vuelva hasta el Domingo de Resurrección, pero ese es mi problema, no el de la Semana Santa.