Azahar de Sevilla J.M. Serrano
Azahar de Sevilla J.M. Serrano

Del azahar herido

Por  0:44 h.

El aroma de las flores es como un toque de difuntos. Cuando el olfato lo percibe sabe que queda poco para que se vuelva a lamentar la despedida.

Los naranjos despliegan por marzo esta llamada de la melancolía. El primer calor del mediodía seguido del frío de la noche funciona como un masaje que la naturaleza le da a los lunares blancos que  empiezan a aparecer entre las hojas verdes de los árboles nada más se caen las naranjas agrias. Con dos mañanas más de sol, la flor del naranjo se abre y comienza a pregonar la vida que viene y la vida que se va.

El autobús te ha dejado en la calle López de Gomara. Bajas y el viento salado de la avenida de Coria te trae todo el aroma del Barrio León, paraíso del azahar de San Gonzalo. Este pregón olfativo te acompaña a sacar la papeleta de sitio aquí en Triana o en las casas de hermandad que hay por el barrio de San Vicente. Cuando Santa Teresa estaba posando para el éxtasis que plasmó Bernini para Santa María de las Victoria de Roma tuvo que estar oliendo este perfume porque al mismo tiempo que sentía el gozo, sentía la herida.

El azahar es eso gozo y herida. Cuando llega sabemos que irremediablemente se irá. Hoy el hermano que se bajó del autobús viene vestido de nazareno. En los pliegues de la papeleta de sitio sigue prensado el aroma que lo condujo a las plantas de sus devociones.

Este mediodía el Soberano Poder está en el paso soportando la ira de un Caifás que tiene en el rostro la expresión del mítico capataz Juan Vizcaya cuando se enfada.  El Cristo rubio de ojos claros y melancólicos cruzará la ciudad provocando asombro en sus andares. Cuando se haga de noche regresará a la Plaza a la que quieren volver las briznas de aromas que aún le queda a los naranjos del barrio.

Estiran los pistilos, flexionan las corolas, se revuelven los cinco pétalos de la flor como para exprimir el poco olor que permanece y así ofrecer algo del néctar al Señor maniatado.  La cofradía se recoge, la Semana Santa pasa.

El autobús seguirá llegando a la misma parada donde te esperó la flor de aquel día. Al bajarte notas la herida, la llaga que un día te abrió en el recuerdo la fragancia del barrio que fue la que te condujo de la mano a sacar la papeleta de sitio. Esa llaga sin embargo no sangra sino que exuda el aroma de los naranjos para que los huela la memoria. Pasan las semanas, pasan los meses pero el naranjo permanecerá florecido en lo más profundo del alma.  Por eso cada vez que te bajes del autobús será de nuevo Lunes Santo y el olor te llevará ante la mirada del Cristo maniatado de tus devociones.