La Virgen de los Reyes / JAVIER COMAS

Eva Cervantes y la Virgen de los Reyes

Por  0:37 h.
Si viviera la poetisa sevillana Eva Cervantes, ilustre vecina de la Giralda, encantadora sacerdotisa del culto minoritario del laurel de Apolo, sería hoy una «maldita» políticamente incorrectísima. ¿Cómo no iba a ser incorrectísima si fue capaz de escribir un soneto a la Virgen de la Esperanza Macarena y dedicárselo al general Queipo de Llano? O publicar en 1940 un hermoso libro de sonetos religiosos -«Rosal de Pasión»- y ofrecérselo al cardenal Pedro Segura. Pero mucho antes, en el caos, el ocaso y la larga agonía de la República, en 1935, iba a ser José María Pemán el encargado de darle la alternativa literaria con un prólogo de doce páginas a su libro -hecho a dúo con José Antonio Ochaita- «Turris fortissima», poemas en honor de una torre, la Giralda, que fueron impresos en Madrid, en los talleres de Espasa-Calpe.
Ni que decir tiene que la obra poética de Eva Cervantes -que yo me precio de poseer casi en su totalidad- está desde hace mucho tiempo en el olvido más absoluto. Algún intento hice yo por rescatarla en un serial de ABC de Sevilla, en la cuaresma de 1993. Luego, la doctora en Filología Hispánica María Rosa Requejo Conde, en su importante libro «La Semana Santa sevillana en la Literatura de los siglos XIX y XX», que vio la luz en 1999, le presta atención, así como Francisco Robles, en su indispensable «Semana Santa. Antología Literaria», que se terminó de imprimir el Miércoles de Ceniza de 2006. Dos libros, el de Requejo y el de Robles, que hay que tener siempre en consideración y consulta.
El hecho de tener yo, como he expresado anteriormente, el conjunto mayoritario de su producción, fue debido a la generosidad de una benemérita librera ya desaparecida, Mercedes Rivas, que me facilitó las obras de Eva Cervantes, la mayoría con dedicatorias autógrafas a personas o entidades que, lamentablemente, se desprendieron de ellas. Es el riesgo de firmar libros, que muchos terminan, tarde o temprano, en la chatarrería más próxima. Las ediciones cortísimas, casi de bibliófilo, de sus libros -algunas de doscientos ejemplares- no corrieron demasiada suerte y apenas traspasaron las fronteras locales. Al volumen ya citado, cabe añadir, entre otros, «En vuelo herido» (1950) y «Canciones para Eva» (1968), con el que, creo, se despidió de la poesía impresa.
Eva Cervantes publicó en Sevilla, hace exactamente sesenta años, en el verano de 1958, su libro «Estrellas mínimas», colección de poemas dedicados a la Virgen de los Reyes, a la que tuvo tan dentro de su alma y de su hogar. Versos de corte clásico, de hálito intemporal, con influjo de cancioneros tradicionales y de la voz popular. No en vano Eva Cervantes es autora de un raro y precioso librito, «Del cantar de mis cantares», impreso en 1943 en la sevillana Cuesta del Rosario, en una imprenta que allí había, la de Carlos Acuña. Joya de tamaño 11 por 8, que lleva nada menos que un prólogo de Francisco Rodríguez Marín, sin duda uno de los últimos textos que salieron de su mano, pues murió aquel mismo año en Madrid. Al aludir el Bachiller de Osuna a «Rosal de Pasión», apunta que los sonetos de su contenido, «si no llevasen el nombre de su autora, podrían atribuirse a cualquiera de nuestros mejores poetas místicos de los siglos XVI y XVII». Y Rodríguez Marín, tras saborear sus soleares, sevillanas, seguirillas gitanas, fandangos y malagueñas, coloca a Eva Cervantes, dentro del género de la poesía popular, en la escala sobresaliente de un Augusto Ferrán, un Luis Montoto, un Melchor de Palau o un Manuel Machado. Los ditirambos le llegaron a Eva Cervantes también desde otras eminencias; aparte los de Pemán, se sumaron los de Benavente, Joaquín Álvarez Quintero…
Eva Cervantes fue una mujer guapísima, de la que estuvo platónicamente prendado otro poeta, muy prolífico, por cierto, Vicente Sánchez-Arjona, marqués de Paterna del Campo, que la convirtió en su musa y le dedicó, rendido, un diluvio de poesías y siempre el primer ejemplar de cada nuevo título suyo.
Nunca hablé con ella. Era yo muy niño entonces. Deteniéndome donde estaba la hermosura, limitaba mi curiosidad, observándola tras los cristales del bar Giralda, donde presidía, como una abadesa aristocrática, alguna que otra reunión con damas catequistas de asociaciones parroquiales. Su toca negra le daba un aire fascinante, muy de la época. Envuelta en un halo de misterio, de vestal inaccesible, gozaba del prestigio de quien se exhibe poco y marca las distancias. Gloria selecta y secreta de Sevilla, injerta en cariátide del Erecteón, no entraba en la órbita de los movimientos literarios de su tiempo. De ahí el menosprecio recibido. No pertenecía a lo que hoy llamaríamos pelotón de los tontos institucionalizados al servicio del partido, ni a la corriente de feministas enfebrecidas.
A estas alturas, veo su obra de otra manera, con más serenidad, desde otra perspectiva, y me sorprende cómo Eva Cervantes simultanea el erotismo con la religiosidad. Es indudable que se puede amar intensamente al género humano. ¡Y también a la Virgen de los Reyes!