REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

Gran Poder

La Madrugá es una alegoría de nuestra propia noche interior; del vacío donde el alma a veces se abis ma, empujada por el peso de la culpa o el viento helado de la fatalidad
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Tú también lo habrás visto muchas veces, a lo lejos, abrumado por el peso de la cruz, dulce no obstante su gesto inconfundible, surgiendo de entre el manto negro de la noche como un sueño, como un milagro. Es un milagro. Y habrás sentido entonces ese extraño escalofrío que recorre el alma cuando se está ante su presencia; cuando, mientras el silencio se agiganta, lo ves avanzar hacia ti con su humano ademán, con su paso cadencioso y metódico pero preciso e insobornable. Como tiempo. Algo te hará en ese instante tener la certeza de que en medio de la multitud estáis solos el uno frente al otro. De que estás solo junto a Él. Él y tú, y nadie más. Luego, cuando se vaya; cuando reanudado el caminar su figura se desvanezca de nuevo en la espesura de la noche, cuando, oculto tras la cal de la esquina, el último dorado resplandor de su paso se haya apagado, cuando de nuevo la multitud haya reaparecido a tu alrededor, comprenderás que Él vino para salvarte. A solas con tu desesperanza te habías echado a las abarrotadas calles y ahora vuelves a casa con las heridas curadas.

La Madrugá es una alegoría de nuestra propia noche interior; del vacío donde el alma a veces se abis ma, empujada por el peso de la culpa o el viento helado de la fatalidad. Es esa noche una sima profunda donde reina la oscuridad del miedo, el silencio de la soledad y el frío del dolor. Todos la hemos visto alguna vez caer sobre nosotros y también hemos sentido cómo a nuestro rescate acudía entonces una mano invisible para conducirnos de nuevo a la luz. Una mano que, en el fondo de tu alma, sabes bien que has visto muchas veces. Que la has visto y la has tocado. Y hasta que tus labios la besaron todos los años al llegar el Domingo de Ramos. Es la misma mano férrea que sostiene con dulzura la cruz que ahora ves venir a lo lejos cortando el frío de la madrugada; ese frío que se parece tanto al que a veces hace en tu alma, por eso salimos a buscarlo, para que Él nos encuentre.

Gerardo Diego vio a Nuestro Padre Jesús una madrugada. Y, al despuntar el alba, adivinó cómo el sol del Viernes Santo había apresurado su primer rayo para besarle la última mirada. Enrique Esquivias Franco estuvo toda una noche persiguiendo su sombra, buscando su mirada. Fue la primera vez que no pudo salir de nazareno; ahora, vestido con la túnica que entonces se quedó doblada en el armario, forma en el tramo más largo de la cofradía, el que va junto al Señor, el de los únicos nazarenos que pueden contemplar su rostro.

Rosario Barneto, la hija de Saturnino, iba todos los viernes a buscar su consuelo. Su padre había huido de la ciudad en un barco; el cadáver de su abuela estuvo tres días tirado en la plaza del Pumarejo; a su madre le raparon la cabeza y la metieron en la cárcel y a ella la internaron en un colegio de monjas, pero el Señor, como a tantos otros, vino a rescatarla del abismo de dolor, soledad y silencio al que las injusticias de la vida la habían arrojado. ¿Madera de cedro? ¿Idolatría? Nada de eso.

Es, simplemente, el modo en que esa mano invisible se nos manifiesta, nos muestra su gran poder. Divina y buena persona, el Señor ha surgido ante nosotros desde la noche más profunda para decirnos que nada es por casualidad; que no hay razón para el miedo y sí para la esperanza.