Hablemos de economía

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Pues sí, hablemos de economía. Un tema quizá menos atractivo y sugerente que otros más  típicamente cofrades; pero igual de importante, o más, porque si una hermandad no genera recursos económicos suficientes para atender sus obligaciones difícilmente podrá funcionar.

Entre los economistas, como en todas las profesiones, los hay que se empeñan en utilizar un lenguaje complicado, lleno de tecnicismos, sólo para iniciados, creyendo que eso les da más prestigio, claro que eso también les pasa a algunos capillitas profesionales; sin embargo cualquier cuestión macroeconómica puede resultar mucho más asequible si se toma como referencia la economía doméstica.

Cualquier familia sabe, aunque no haga un presupuesto formal, cuáles son los ingresos  seguros con los que cuenta y ajusta sus gastos fijos -alimentación, vivienda, ropa, ocio, etc.- a esos ingresos. Así de simple. No hay que ser un gran experto para saber que la familia no  puede gastar en el año más de lo que  gana en ese periodo. A lo mejor los abuelos acostumbran a dar un regalo en metálico por Navidad, bienvenido sea; pero ése es un ingreso extraordinario que dependerá de la buena voluntad de los abuelos y de que su situación se lo permita cada año. Resultaría imprudente embarcarse en cambiar de piso, o embarcarse en  gastos fijos prescindibles confiando en el regalo navideño. Ese dinero, si llega,  será para gastos extraordinarios -una reforma en la casa,  un viaje- de los que se puede prescindir sin que la supervivencia de la familia peligre.

Si por cualquier circunstancia hay un gasto extraordinario inevitable, habrá que pedir un préstamo; pero los préstamos hay que pagarlos.

En resumen: los gastos fijos se atienden con los ingresos fijos y los gastos extraordinarios con los ingresos extraordinarios. Esto que  resulta tan claro en la economía familiar a veces se complica en la administración de las hermandades.

En una hermandad los únicos ingresos fijos que hay son las cuotas de los hermanos y con ellos hay que garantizar el funcionamiento de la hermandad. La aportación que el Consejo venía haciendo a las hermandades por los recursos obtenidos con la  cesión de la explotación de las sillas en  la carrera oficial siempre ha sido un ingreso extraordinario. Un cambio en la composición del gobierno municipal podría  haber suprimido esa concesión. La realidad, sin embargo,  ha sido mucho más contundente y dramática: la pandemia ha dado al traste con los desfiles procesionales de la pasada Semana Santa y pone en riesgo los de la próxima.  Dos años seguidos sin esos ingresos suponen un duro golpe a las hermandades, especialmente para aquellas que sostenían sus presupuestos en base a esa aportación. Las tómbolas, bares, fiestas  camperas u otros actos parecidos, también quedan en el aire, y con ellos los ingresos que generaban. La lotería de Navidad y alguna otra actividad sí se podrá hacer, aunque con resultados inciertos.

No hay soluciones milagrosas. Hay que repensar la hermandad: qué es lo esencial y qué lo accesorio, partir de cero. Precisamente lo que algunos llaman elaborar presupuestos de base cero. No se trata de mantener la misma estructura de gastos reduciéndola todo lo que se pueda, sino de estudiar qué gastos son necesarios y cuáles son prescindibles y eso es repensar la hermandad.

Para eso hay que hacer un trabajo previo: una reflexión profunda sobre qué es una hermandad, cuál es su misión, qué es lo fundamental, aquello de lo que no se puede prescindir porque perdería su razón de ser, y cuáles son las adherencias de las que hay que desprenderse, por muy entrañables que resulten. En tiempos de calma es fácil patronear una embarcación, cuando hay tormenta es cuando hay que tener muy claro el rumbo y empuñar el timón, asumiendo los costes personales. Son malos tiempos para la lírica, que diría Bertolt Brecht.

Ignacio Valduérteles

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