La plaza de San Lorenzo, vacía, en la madrugada del 1 de enero / J. M. SERRANO
REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

La plaza vacía

«Alguien dijo alguna vez que a partir de un cierto instante la vida se convierte en una lenta y larga despedida. Es una paradoja, pero es real»
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Lo más doloroso de envejecer tal vez sea darse cuenta de cómo, sutilmente, de manera taimada e imperceptible, las cosas alrededor van cambiando hasta convertir el paisaje que alguna vez fue nuestro en un escenario irreconocible donde nos sentimos extraños y todo nos resulta dolorosamente ajeno. Sucede al regresar al barrio de la infancia; puede que en apariencia allí todo siga igual, sin embargo nada es ya lo mismo, porque han cambiado las tres o cuatro cosas que mantenían su esencia, la esencia de lo que nos hizo un día considerar nuestro aquel lugar. Algo que nunca supimos exactamente qué era pero que descansaba sobre aquellas tres o cuatro cosas que ya no están allí.

Alguien dijo alguna vez que a partir de un cierto instante la vida se convierte en una lenta y larga despedida. Es una paradoja, pero es real. Nada transforma tanto nuestro paisaje sentimental como las ausencias. Nada cambia tanto las cosas como lo que ya no está. Porque lo que ya no es hace que lo demás tampoco lo sea ya del todo. Por eso, al morirse Luis Álvarez Duarte con él se ha ido un trozo grande de la Semana Santa de muchos de nosotros. Y antes de Luis, este año se fueron Pepe Hidalgo e Hipólito de Oya, dos grandes, dos amigos, dos cabales, dos presencias fundamentales en la particular Semana Santa de muchos sevillanos, para quienes la Semana Santa no volverá a ser ya la misma; porque ninguna Madrugada más volverán a ver llegar por el Duque a Pepe revestido con la coraza imperial mientras rufa su tambor macareno tras el Señor de la Sentencia. Ni se detendrán a saludar al senatorial Hipólito que, sentado a la puerta del Círculo de Labradores, contempla el discurrir de las cofradías por la calle Sierpes.

Sus ausencias, como la de Luis, como la de tantos otros que antes les precedieron en el viaje sin retorno, serán ya para siempre en nuestra memoria presencias que agrandarán en esta plaza abarrotada el melancólico vacío que ante nosotros se abrirá al echar en falta tantos rostros amigos con quienes compartimos horas alegres y, sobre todo, el sentimiento de pertenencia a un mundo que lentamente vemos transformarse en otro, que deja de ser el que era.

Atravesamos en estos días el afelio de la Semana Mayor. No hay un momento en el año más alejado de ella. Seis meses hace de la que pasó y seis meses que dan para la siguiente. Hay quien empieza a descontar los días que faltan, doscientos mal contados, y sueña con que el tiempo vuele –como si no lo hiciera– con que las horas se sucedan raudas y los meses pasen cuanto antes para que de nuevo sea Domingo de Ramos.

Hay en esas ilusionadas prisas un sesgo de infantil ingenuidad, quien las tiene seguro que todavía no ha empezado a comprobar cómo la plaza se vacía lentamente conforme han ido cayendo por su estrecho cuello de cristal los granos de arena en ese reloj que, como el de Don Juan Tenorio, marca una cuenta atrás que nunca es la del próximo Domingo de Ramos, sino la que falta para esa Semana Santa que un día no será ya la nuestra porque, aunque en ella las calles sigan estando llenas de gente, no veremos más que vacío a nuestro alrededor.