La Virgen de la Victoria / Borja Monclova
La Virgen de la Victoria / Borja Monclova

Las Cigarreras

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La Virgen de la Victoria siempre soñó con ser cigarrera. O quizá lo fuera en sus días azules y del sol de Galilea. Cuando en los Jueves Santo del recuerdo cruzaba el Puente de Triana imaginaba una falda larga y un mantón y una moña de flores del patio de su casa adornándole el pelo. El frescor de la mañana camino de la Fábrica de Tabacos le servía de alivio y le tersaba el rostro. Por eso es tan bella, Como una cigarrera desde muy joven sufrió penalidades, trabajó el doble y padeció el triple. Hay una estampa en la que se ve a un grupo de mujeres rodeando a una joven con unas anchuras impropias de su edad. La están blindando, la están tapando de las habladurías. Ella también se quedó embarazada con 16 años sin haberse casado todavía. La Victoria supo lo que era que la señalaran.

Las mujeres de la fábrica salían de su casa con la comida planteada en la noche anterior. Cuando arranca su jornada laboral ellas ya llevan horas trabajando. Trajinando con los niños y con el marido; poniendo en orden las cosas de la habitación que le servía de salón alcoba y cocina. La Virgen de la Victoria en Nazaret llevaba la casa, la complicada casa excavada en la roca. Y después, hasta la anochecida le echaba una mano al marido en la carpintería que se encontraba junto al camino por el que pasaban los carros camino del lago. La Virgen de la Victoria como las cigarreras también trabajaba el doble. Era una heroína. Por eso dos mil años después le van a poner una corona que reconoce el mérito de una mujer y en ella el de las mujeres del mundo.

Los días como hoy, Jueves Santo, cuando sale a la calle bajo un palio que es un salón del trono, o el día de la mañana de su rosario de octubre le echa una mirada a su antigua casa de la calle San Fernando. Allí, en la pequeña capilla que daba al Prado era muy feliz con las cigarreras antiguas. Aquí en Los Remedios tuvo que ser también bálsamo de las operarias de la nueva fábrica que se acercaban a su capilla para compartir penas y alegrías. Y llorar ante Ella la indiferencia de un marido distante o suplicar que el sufrimiento del hijo durara poco. Tiene el pañuelo tan grande para empaparse de las miles las lágrimas que se han secado ahí en el oficio de ser Consuelo de las afligidas.

Su Victoria es la de todas las mujeres que han salido adelante trabajando el doble y cobrando la mitad. Y porque el día en el que todos los seres humanos serán iguales está más cerca, a la Virgen Cigarrera le pondrán en otoño una corona de gloria en la que reconocer sus virtudes, su tesón y su infinita belleza en el dolor.